Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio nos presenta hoy la elección de los 12 apóstoles. Lo primero que vemos es que “Jesús subió a la montaña”. La montaña, en la Biblia, es el lugar privilegiado de la manifestación de Dios, de encuentro con él. Jesús, pues, se retira para buscar a Dios. Con frecuencia los evangelios nos hablan de que Jesús se retiraba para orar, para buscar en la soledad el trato íntimo con el Padre. Sobre todo, cuando tenía que tomar una decisión importante, como ésta de elegir a los Doce. ¿No deberíamos también nosotros dedicar más tiempo para retirarnos del tráfago diario y buscar, en el trato con Dios, la luz que necesitamos para no equivocar el camino? Jesús andaba muy ocupado predicando y atendiendo a la gente que le buscaba. Tanto que, a veces, ni tiempo para comer le quedaba, como dice el evangelio. Pero para este encuentro con el Padre siempre encontraba tiempo. Y es que para Cristo el trato con el Padre sí era importante.
2. Después añade: “llamó a los que quiso y se fueron con él.” Es Jesús el que toma la iniciativa, el que llama y elige. ¿Los elige porque eran hombres extraordinarios, de grandes cualidades y méritos? No parece. Eran gente muy normalita del pueblo. Con defectos. Débiles como todos. Pero Cristo los miró con una mirada de predilección y los eligió. Como a nosotros. ¿Por qué nos eligió? No, por nuestros méritos, ni por ser más sabios y más santos. Sino porque él ha sido bueno con nosotros. Qué bien entendió esto Sta. Teresa de Lisieux cuando escribió: “He aquí el misterio de mi vocación, de mi vida entera y, sobre todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma… El no llama a los que son dignos, sino a los que quiere.” Gracias, Señor, por haberme elegido gratuitamente, porque me quieres. Gracias porque, aunque te he traicionado muchas veces, me sigues mirando con mirada de predilección y me sigues queriendo. ¡Qué fiel eres, Señor, en el querer, qué fiel! Y yo…
3. “A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios”. El número preciso de doce, es simbólico: doce fueron las tribus del viejo Israel, y doce apóstoles serán los pilares del Israel mesiánico, del pueblo de la alianza nueva. Y a ellos les encarga que le ayuden en su misión de proclamar su mensaje de salvación a todos y hacer avanzar el Reino de amor que ha inaugurado, liberando de toda esclavitud al hombre: del pecado y de todos los “demonios” que lo tienen poseído y le hacen sufrir. Esta será la misión de la comunidad de Jesús. De nosotros hoy. Pero para continuar la misión de Cristo es necesario hacerse “compañero” de Cristo, estar estrechamente unido a él, vivir en gozosa intimidad con él, y escucharle. Sólo así podremos hablar de Cristo convincentemente y hacer sus obras. ¿Cómo hablaremos de ti, Señor, si no te hemos tratado, ni escuchado, ni gustado tu amistad?; ¿cómo haremos tus obras de amor, si no nos hemos dejado poseer por tu Espíritu de Amor? María, Madre de los apóstoles, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros para que llevemos a cabo la misión que se nos ha encomendado.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.