Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio nos presenta hoy la llamado de los primeros discípulos de Jesús, Andrés y Juan. Ellos eran discípulos de Juan Bautista, cuando escucharon al Bautista decir de Jesús: «Éste es el Cordero de Dios», no lo pensaron, se fueron detrás él. Jesús se volvió y les preguntó: “¿Qué buscáis?” Éstas son las primeras palabras que san Juan pone en boca de Jesús, en su evangelio. Y es la pregunta que el Señor nos hace a todos: “Vosotros, ¿qué buscáis exactamente?”… Andamos por la vida buscando algo que nos satisfaga en plenitud, intentando saciar nuestra sed de felicidad y paz. Y probamos aquí y allá, en esto y en lo otro. Pero nuestra sed no queda nunca saciada… Y es que, Señor, nada de aquí abajo nos saciará nunca plenamente. Ya lo dijo el siempre insatisfecho san Agustín: «nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti». Que nosotros, Señor, busquemos ese descanso.
2. Ante la pregunta de Jesús, los dos discípulos le preguntaron a su vez: «Maestro… ¿dónde vives?» Y Jesús simplemente les invitó: «Venid y lo veréis.» “¿Dónde los llevó, de qué hablaron, qué les dijo el Señor, cuánto duró aquella primera conversación? Nadie lo ha contado. Pero sabemos que Juan cuando, ya anciano lo recuerda y lo cuenta, señaló algo que indica que tenía muy grabado en el corazón aquel primer encuentro con el Maestro: “serían las cuatro de la tarde”, dice. Y al precisar la hora, parece que percibimos la nostalgia emocionada de aquel encuentro que le cambió. A veces, Señor, me quejo de que mi fe y mi entusiasmo se enfrían. ¿No será que está fallando mi trato contigo? Para conocerte, para amarte, -lo sé muy bien- no basta oír hablar de ti o saber cosas de ti; hace falta irse contigo y quedarse contigo, pues el amor sólo nace de la intimidad de trato, de la escucha silenciosa. Señor, concédeme la gracia de escuchar cada día tu invitación y que me vaya y me quede contigo.
3. El escritor ruso Tolstoi cuenta así su encuentro con Cristo: “Hace cinco años la fe vino a mí. Creí en la enseñanza de Jesús y toda mi vida experimentó una repentina transformación. Lo que antes había deseado, ya no lo deseé más y comencé a desear lo que nunca había deseado. Lo que antes me parecía verdadero, ahora era falso, y lo falso del pasado lo reconocí como verdadero.” Algo parecido cuenta san Francisco de Asís que hizo el Señor en él: “Como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismo, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulcedumbre del ama y del cuerpo.” Señor, concédeme que, en el trato íntimo y frecuente contigo, experimente la transformación que experimentaron tus discípulos y tantos otros que, a lo largo de los siglos, se han encontrado contigo y se han quedado contigo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.