Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Sorprende a la gente la manera de enseñar de Jesús, “porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad”. Y es que él no anda citando a los grandes maestros de Israel ni la tradición de los antepasados, para apoyar sus enseñanzas. El posee la plenitud del Espíritu. El es “Dios-hablando-a-los-hombres”, entregando su mensaje de salvación. La autoridad no le viene de fuera, sino que brota con fuerza y vigor de dentro. Señor, ojalá te escuche siempre, no sólo con la admiración y el asombro de aquellas gentes de Cafarnaúm, sino con el gozo y alegría de quien sabe que la tuya es la palabra de Dios que se me acerca para anunciarme que quiere salvarme, liberarme del mal. Concédeme acogerla y dejarme transformar por ella, Señor.
2. Jesús no sólo enseña con autoridad, sino que actúa también con poder salvador. Ayer escuchábamos que el Seño anunciaba que “el Reino de Dios está cerca”. Y hoy muestra que su anuncio es verdadero, que la soberanía de Dios sobre el mal ha llegado: libera a uno que tenía “un espíritu inmundo”, (que estaba dominado por algún mal que le hacía sufrir). Y la gente empieza a ver que, efectivamente, algo nuevo está ocurriendo, que ha comenzado una nueva era. Ante el poder de Jesús el espíritu inmundo tiembla: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?”... ¿De qué “espíritus inmundos”, de qué fuerzas del mal, está habitado nuestro corazón aún? ¿No andan por ahí la soberbia, el orgullo, el egoísmo, la incomprensión, el miedo al compromiso serio, el legalismo frío que se conforma con cumplir…? Y ¡cómo gritan y se resisten cuando la Palabra de Dios los denuncia! ¿Por qué, si no, ese temor a acercarnos al Señor, a exponernos a su luz en la oración? ¿No será que tememos que el Señor denuncie todo eso y quiera “acabar” con ello? Señor, te ruego que hoy digas tu palabra de autoridad y liberadora sobre todo lo malo que hay en mí: "Cállate y sal de él". Y que, a partir de hoy, pueda vivir en la plena libertad del amor.
3. Kierkegaard aconsejaba: “Si debes leer la palabra de Dios para mirarte en el espejo, debes decirte continuamente durante la lectura: yo soy a quien le habla, yo soy de quien se habla.” Pidamos al Señor que, durante este año, ésta sea nuestra actitud al escuchar y meditar la palabra de Dios. Que no la escuchemos como palabra dicha a “los hombres” en general, sino como palabra que el Señor nos dice a cada uno de nosotros… Y que la escuchemos, no para olvidarla pronto, sino para guardarla en el corazón como luz guiadora de nuestra vida.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.