Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Cuando Jacob sintió su muerte cerca, llamó a sus doce hijos a su lado para entregarles su testamento y contarles lo que les iba a suceder en el futuro: “No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos." En las palabras del anciano Jacob, la Iglesia ha escuchado siempre la promesa de Jesús, el Mesías. En Adviento la liturgia nos recuerda esa promesa y nos anuncia la llegada de ése que ha de venir. ¿Estoy viviendo la esperanza gozosa de esa venida del Salvador prometido?
2. En el evangelio de hoy Jesús recodaba a los judíos, cómo Juan dio testimonio de él. Juan no era la Luz, no era más una que lámpara que ardía y brillaba y daba testimonio de la Luz, que era Jesús. Poca luz era la de la lámpara. Y poco duró. Pero cumplió su misión: la llamada a la conversión que Juan proclamó iluminó a algunos. Sin embargo, el verdadero aval de Jesús no era el testimonio de Juan. A Jesús quien le avalaba era el Padre. Son las obras que el Padre le ha permitido realizar. Ellas son las que avalan su mensaje. Jesús ha venido a cumplir la voluntad del Padre, y la voluntad del Padre es, ante todo y sobre todo, una voluntad de amor: Dios que ama a todos sin distinción; Dios que quiere que todos se salven. Son las obras que están brotando de sus manos: por donde pasa va arrancando de las garras del mal a los que en ellas están atrapados, va liberando, salvando: cura, sana, perdona… ¡Va brotando a chorros la alegría de la salvación de Dios! Y esas obras son las que le avalan, las que proclaman que Dios está con él y que Dios actúa en él y por él. Que él es, a la vez, mensajero y presencia del Padre, y que sus obras manifiestan el amor de Dios.
3. Jesús, siempre une a sus palabras la acción. Dice y hace. Proclama du mensaje: El Reino de Dios está en medio de vosotros, y muestra que las obras del Reinado de Dios, de la fuerza salvadora de Dios, están ahí, abriéndose camino en el mundo. Eso es, Señor, lo que yo debería llegar a poder hacer: invitar, con humildad, a los que me rodean y me ven actuar a que miren mis obras y mi vida. Pero ¡qué lejos estoy de poder decir con verdad: no os fiéis de lo que yo os diga u otros puedan decir de mí, para saber de parte de quién estoy, en quién creo, y a quien sirvo, qué busco, qué deseo, qué es lo que da sentido a mi vida… Para saberlo, mirad simplemente cómo actúo y vivo. Si así fuera, Señor, me llamaría en verdad cristiano, discípulo tuyo, apóstol tuyo. No basta que yo diga que lo soy, o que otros lo digan: han de proclamarlo mis obras, que no pueden ser sino las del Padre: amor, servicio, entrega, perdón, comprensión, acogida a todos sin distinción… En definitiva: pasar haciendo el bien, como tú.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.