Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. ¿Quién no se siente, a veces, desalentado, descontento, triste, abatido? Cómo surge entonces en nosotros el “suspiro-deseo”: ¡quién pudiera vivir en paz, sin tanta preocupación, sin tanto agobio, sin tanto problema!... En el fondo lo que deseamos es un salvador, que sea más fuerte que nuestros problemas y agobios y nos dé la paz. Pues bien, la liturgia en este segundo domingo de adviento, nos entrega una palabra de consuelo y una noticia alegre: Viene Alguien que es más fuerte que todo lo que nos angustia y que nuestros pecados. Lo grita Isaías: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda». El Señor no se ha olvidado de nosotros, como a veces pensamos. El viene para hacer posible un nuevo modo de vivir y de relacionarnos con Dios y con los demás. ¿Qué hacer ante este anuncio? El Bautista nos lo indica: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos".
2. Preparar los caminos es rellenar baches y abajar estorbos, enderezar curvas. Es cambiar el corazón: "Juan predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados.” Volvernos a Dios, convertirnos radicalmente a Dios y organizar nuestra vida de otra manera, rompiendo con la vida de pecado de antes y empezando a vivir una vida diferente. O lo que es lo mismo: Dejar atrás caminos que no son caminos del Señor: de egoísmo, de injusticia, de intolerancia, de violencia, de dominio explotador de los demás, de desamor, de vida cristiana amodorrada y chata…, y comenzar a caminar por los caminos del Señor: de amor, de justicia, de compromiso solidario, de entrega, de servicio, de acogida a los pobres y necesitados…; los caminos que nos llevarán a ser lo que Dios espera de cada uno. Nosotros ¿estamos respondiendo a las llamadas del Bautista? ¿Con qué debemos romper? ¿Qué caminos hemos de dejar?
3. Para ello, necesitamos de la fuerza del Señor. Si el Señor no nos convierte, ¿cómo nos convertiremos? Necesitamos orar. Adviento debe ser tiempo de desierto, de retiro para la oración… Orar para que el Señor venga. Pedirlo y desearlo fervientemente, como deseamos la salud, cuando la hemos perdido o la respiración cuando nos falta. Y buscar a Dios donde estamos. Sin caer en la trampa que denunciaba el maestro Eckhart de querer encontrar a Dios donde no estamos. Nada de ensueños irreales: “si yo estuviera en tal sitio, si tuviera otra familia, si tuviera otra ocupación, otro ambiente, otros compañeros…, entonces sería, haría, cambiaría”… A Dios he de buscarlo donde estoy, que es donde me sale al encuentro. Como decía alguien, “hay que saber florecer donde nos ha plantado el Señor”. Y abrirnos a su amor. Creer que él puede hacernos felices, que puede cambiar nuestras vidas aburridas y llenarlas de la alegría de su salvación. Señor, Jesús, ven a mi vida. Ven que te necesito. Ven, que sin ti nada puedo. Ven y cámbiame.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.