Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En el evangelio vemos que Jesús llama a Pedro y a Andrés. Ellos están en lo suyo, pescando. Parece que estaban a gusto. Pero Jesús los invita y les ofrece otro oficio, ser pescadores de hombres: "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres." Y ellos ni lo piensan: “Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.” Después fue a Santiago y a Juan a quienes llama. Y lo mismo: “Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Ellos se fiaron de Jesús. No temieron dejarlo todo para irse con él. Señor, ¿habían entendido el significado de tu promesa: “os haré pescadores de hombres”? Probablemente no. Ni siquiera sabían a dónde los lleva-rías. Pero en tu mirada y en tu voz, Señor, vieron y percibieron tanto amor, que dejaron su trabajo y los arreos de pescar, y te siguieron confiadamente.
2. Al comienzo del Adviento viene bien mirar esta respuesta a la llamada de Jesús de estos cuatro hombres. Hace tiempo que Jesús pasó también junto a nosotros, escuchamos su llamada y nos pusimos a caminar con él. Confiamos en él. Hemos procurado caminar con ilusión y alegremente por los caminos de su evangelio. Pero, a veces, el nuestro es un caminar cansino, desganado, falto de entusiasmo. Hasta ha habido ocasiones en que nos hemos desorientado y nos hemos ido tras otras llamadas, tras otros intereses. Hoy, Señor, al comienzo del Adviento, -en esta fiesta de san Andrés- escucho que me animas y me vuelves a llamar: “Sígueme, re-orienta tu vida, aligera el paso. Suelta esa carga que te impide avanzar ligero, rompe esas ataduras que tanto temes romper. Mira que yo vengo para estar contigo, para liberarte de cansancios y desorientaciones, y para poner en pie tu ilusión primera. ¿Me dejas? ¿Quieres abrirme la puerta de tu vida de una vez por todas? Sí, Señor, ven. Necesito que vengas. Quiero dejarte entrar. Pero tú empuja fuerte la puerta, Señor, porque mira que yo soy débil y cobarde.
3. Y terminemos nuestra meditación pidiendo a San Andrés que interceda por nosotros, para que respondamos con la generosidad y decisión con que él respondió a la llamada del Maestro. Que nos dejemos seducir por el Señor, como él. Que, como él, seamos prontos en la respuesta. Que no lo pensemos tanto y no le demos largas, diciéndonos: “después, más adelante, cuando termine con esto…” Y, sobre todo, ¡que nos dejemos cambiar como él se dejó cambiar!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.