Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús se acerca a Jericó, la última parada antes de llegar a Jerusalén. Le acompaña bastante gente. A la puerta de la ciudad había unos mendigos pidiendo. Uno era ciego. Marcos dice que se llamaba Bartimeo (el hijo de Timeo). Éste oye el alboroto y pregunta de qué se trata. Le dicen que pasa Jesús de Nazaret. Bartimeo ha oído hablar de él y de las obras que hace: que cura a los ciegos y a otros enfermos y anuncia la buena nueva a los pobres. Y comienza a gritar: -« ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Los ojos del cuerpo no ven, pero los del corazón sí han descubierto al Enviado de Dios, pues hace las obras que los profetas anunciaron que haría el Mesías. Algunos quieren callarlo, (siempre el grito de los pobres molesta, también ahora…), pero él insiste en su grito: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Señor, cuántos te vieron y escucharon y vieron las obras que hacías, pero no creyeron, se negaron a ver que en ti y en tus obras se mostraba Dios. Y siguieron ciegos, sin ver quién eras en verdad. ¡Qué pena, Señor! Tú, el Salvador, el Libertador de todo esclavitud estás ahí, liberando, salvando..., y ellos sin ver, y esperando otro libertador...
2. ¿No nos pasa a nosotros algo parecido? Andamos por la vida anhelando, buscando a alguien que nos libere de esta angustia, de este cansancio y desesperanza, de esta soledad, de esta impotencia para romper cadenas... Y el Señor está ahí, ofreciéndonos llenar nuestra vida de un sentido nuevo, de una ilusión renovada, de una paz que no encontramos ni nadie puede darnos; pero nosotros ni lo vemos ni creemos que sea el que buscamos. Y seguimos suspirando por otros libertadores: “¡Ah, si se me solucionara este problema, si encontrara otro trabajo, si mi mujer o mi esposo o mis hijos cambiaran, si... si… si....!” Hoy, Señor, al meditar este pasaje, siento que pasas junto a mí. Detente. Ábreme los ojos. Que vea que tú eres a quien necesito, a quien busco, a quien espero. Concédeme la gracia de dejarme encontrar por ti, que andas buscándome desde siempre.
3. Jesús se detiene y lo manda llamar (a él no le molesta el grito del pobre) y le pregunta: -« ¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le ruega: -«Señor, que vea otra vez.» Y Jesús responde: «Recobra la vista, tu fe te ha curado”. La fe en Jesús siempre salva. Y la transformación del corazón obrada por Dios en el ciego, se manifiesta también exteriormente: “En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios.” Y el sanado -un corazón agradecido- se va tras Jesús en su camino a Jerusalén, o sea, en su camino de entrega y servicio, alabando a Dios. También a nosotros, en el Bautismo, el Señor nos abrió los ojos de la fe. Y después ha seguido alimentándola con su Palabra y los sacramentos y otras mil gracias. ¿Seguimos nosotros a Jesús, por el camino del servicio, alabando y dando gracias a Dios? Ha habido momentos, Señor, en que veía muy claro tu amor y te seguía alabándote, contento y feliz de que fueras mi Señor. Pero en otros momentos se obscurecieron mis ojos y se apagaron mis alabanzas. Hoy te pido que nunca se vuelva a apagar tu luz. Y si alguna vez se oscurece, que te grite como Bartimeo: “Señor, que vea otra vez.” Y sé que tú dirás sobre mí las palabras que dijiste sobre él: “Recobra la vista”. Entonces volveré a ver tu amor con la claridad de otras veces y te seguiré contento de ser discípulo tuyo y alabándote por ser mi Señor.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.