Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Seguimos acompañando a Jesús en su viaje a Jerusalén. Por donde anda le salen al encuentro la indigencia, la enfermedad, el pecado, y su misericordia siempre actúa liberando, salvando, recuperando a los marginados y excluídos, restituyéndolos a la vida de la comunidad. Hoy al entrar en un pueblo 10 leprosos le salen al encuentro. El leproso era una persona excluida de la comunidad. Podían entrar en las aldeas, pero no en las ciudades amuralladas, y menos, en Jerusalén, la ciudad santa. No podían acercarse a la gente. Ni siquiera rezar a Dios se les permitía; eran declarados impuros y debían ir gritando: “¡Impuro! ¡Impuro! De ahí que sea desde la distancia desde donde gritan: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.” Señor, yo ando también enfermo de muchas lepras: la lepra del egoísmo, de las actitudes injustas, de la insolidaridad con los necesitados…, por eso necesito gritarte muchas veces como los leprosos aquéllos: “Jesús, maestro, ten compasión de mí.”
2. A la petición de los leprosos –a quienes no evita- Jesús les dice que vayan a presentarse a los sacerdotes. ¡Qué decepción! Ellos esperaban que los curara. Y Jesús sólo los envía a los sacerdotes para que certifiquen la curación. Ellos podrían haberle dicho: Pero ¿qué curación van a certificar, si no nos has curado, si continuamos leprosos e impuros? Pero se fiaron de Jesús, obedecieron y se pusieron en camino. Y mientras iban en busca de los sacerdotes, se encontraron con que había acontecido el milagro: que estaban curados, que habían quedado purificados; y se sienten de nuevo acogidos por Dios y que pueden reintegrarse a la comunidad. ¡Es la fuerza de la obediencia a la palabra de Jesús, a lo que Jesús dice! Esa obediencia hizo que hallaran la salvación aquellos leprosos… Señor, a veces yo no entiendo lo que me pides o mandas; me parece un sin sentido. Pero, cuando me he fiado y he creído y he “entrado en tu voluntad” y me he puesto en camino, nunca he regresado siendo el mismo. Tú siempre me has “curado”. Tu gracia siempre se me ha mostrado y me ha sanado. Señor, que nunca dude de ti.
3. De los diez curados sólo uno reconoce públicamente el favor recibido y vuelve a dar gracias. Y éste era un samaritano, un proscrito para el judío, considerado pecador, pues se suponía que no cumplía la ley. ¿Por qué no volvieron los otros nueve? Ellos eran judíos, pertenecían al pueblo de Dios. Pensaban, pues, que merecían el favor de Dios, y han recibido del enviado de Dios lo que les correspondía. No tenían, pues, por qué agradecerle nada. Como el hijo que piensa que tiene derecho a ser cuidado y nunca dice “gracias” a sus padres. El samaritano, por el contrario, se sabe pecador, él no se cree con derecho a la salvación. Y recibe la curación como don gratuito. Por eso “se volvió alabando a Dios a grandes gritos” y se echó a los pies de Jesús dándole gracias. Esta actitud humilde, es la que le capacita para acoger la salvación gratuita de Dios. Por eso Jesús le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.” ¿Yo soy de los que se creen “buenos”, a los que Dios tiene que conceder todo lo que pida, y si no es así, se rebelan y murmuran de Dios? O, como el samaritano, ¿me reconozco pobre, sin méritos, pero amado gratuitamente por Dios y le alabo y le doy gracias constantemente? Dame, Señor, el corazón humilde y agradecido de aquel leproso samaritano. Que mi vida toda sea un canto de gratitud y alabanza a tu bondad.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.