Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio de hoy nos habla del reino de Dios y lo compara con una de las celebraciones más alegres y festivas: la boda. Es un toque de atención para que no perdamos la oportunidad de participar en la gran fiesta del reino. Todas las jóvenes de la parábola estaban esperando al novio para entrar a la fiesta en cuanto llegara. Pero unas estaban preparadas para acogerle y las otras le esperaban pero sin estar preparadas. Cuando llegó las preparadas entraron al banquete; las otras se quedaron fuera. Y es que el final de cada persona depende del camino que haya escogido: de alguna manera, la muerte es consecuencia de la vida –prudente o necia- que se ha llevado.
2. Los cristianos tenemos la convicción de que el Señor viene y se hace presente en medio de nosotros. Viene en medio de la noche, cuando menos pensamos. Se hace esperar, pero llega. Hoy nos advierte que el retraso no puede llevarnos al adormecimiento y al descuido. Hemos de estar despiertos, prevenidos. Con las lámparas llenas del “aceite” de la fe, de la fraternidad y de la caridad mutua. Esto, Señor, bien sé que no se improvisa a última hora. Los que viven cada día tienen futuro. Los pretenden construir su vida al final, no tienen nada que hacer. No permitas, Señor, que me ocurra a mí, que no me “duerma”.
3. Para los cristianos de hoy esta parábola nos habla también de momentos de gracia y oportunidad, como cuando un gran amor entra en nuestra vida, o recibimos una mala noticia. Son momentos llegan sin aviso, y podemos perder esa oportunidad. Lo mismo las visitas del Señor. El está viniendo cada día a nosotros. Y viene porque nos ama y quiere ser amado, porque no abandona a los suyos. Lo prometió: ¡Estaré con vosotros todos los días…hasta el fin del mundo! ¡Tú lo llenas todo con tu misteriosa presencia, Señor! Tú nos acosas con tus gracias. Llegas a nosotros de mil formas: en el mendigo, en el enfermo, en el anciano…, en el dolor, en la alegría… ¡En tantas ocasiones y circunstancias! Cuando menos lo pensamos, y donde menos esperamos, ahí estás tú. ¿Y los sacramentos, Señor? Son momentos en los que he de estar especialmente “despierto” para detectar tu Presencia. Sobre todo, en la Eucaristía: esa oportunidad del encuentro “esponsal”, de la comunión íntima contigo. Que esté atento, Señor, para no perderme ese encuentro diario contigo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.