Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy vemos cómo Jesús echa en cara a sus contemporáneos, que, con sólo mirar al cielo, sean capaces de interpretar los signos que indican si va a llover o va a hacer calor, y, sin embargo, no quieran leer y sacar conclusiones de los signos de salvación que están contemplando, y que indican que “se ha cumplido el plazo” y el Reino de Dios se va abriendo camino en el mundo. Hay que tomar postura, hay que convertirse... Signos claros de que, en Jesús, se ha inaugurado la era del Mesías, son las curaciones de enfermos, la autoridad que muestra sobre la fuerzas del mal y sobre la misma muerte… Pero ellos no quieren ver esos signos de salvación. Jesús les dice: “Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?” Dios está desplegando ante ellos la gran oportunidad de salvación, pero se niegan a convertirse y prefieren continuar con la religión cómoda que practican. ¿Cómo fue posible, Señor, tanta ceguera y ofuscación en aquella gente? ¿Y yo no actúo así a veces? Tú me ofreces constantemente “momentos de salvación”, y me llamas a cambiar de vida, pero yo me hago el despistado y prefiero continuar con mi vida cristiana vulgar y rutinaria. Como tus contemporáneos, Señor. Perdóname.
2. A pesar de todo, Jesús sigue esperando respuesta de aquella gente, y les insta a que no desperdicien el momento y tomen una decisión pronta. Se lo dice con la parábola de los que van a juicio, en la que se presenta el mismo Señor. El es el que les “pone pleito”. Y les viene a decir: si no reaccionáis antes de llegar al tribunal de Dios, y lo ponéis todo en regla, podéis perderos para siempre. Como aquellas muchachas insensatas que esperaban la llegada del esposo, pero se dedicaron a dormir y cuando pretendieron entrar al salón del banquete, ya era tarde y se quedaron fuera. Es el peligro que corremos también nosotros. Dar largas y esperar convertirnos en el último momento. ¿Y entonces tendremos tiempo? Hemos de procurar cambiar de vida y de modo de pensar y obrar mientras tenemos tiempo, “mientras vamos de camino”. Señor, que no demos más largas, que “lleguemos a un acuerdo”, que nos reconciliemos con Dios y con los hermanos mientras nos “dirigimos al tribunal.” Sin esperar más.
3. En nuestra vida ¡cuántos “signos” hay, que, si miráramos con ojos iluminados por la fe, veríamos que son llamadas de Dios! Pueden ser acontecimientos cotidianos. Por ejemplo, ciertos sucesos familiares, una desgracia, el encuentro con una persona, una enfermedad, el ejemplo de alguien, una lectura, el problema de un hermano… pueden ser oportunidades y llamadas de Dios a la conversión y a tomarnos más en serio nuestro compromiso cristiano. Lo que ocurre es, como los del tiempo de Jesús, en las cosas del mundo somos espabilados y las vemos venir desde lejos; pero en las cosas de Dios que nos exigen cambios o renuncias, nos hacemos los sordos y distraídos y no queremos reconocer que son oportunidades de salvación que nos da Dios. Y nos cerramos a sus llamadas. San Agustín decía: “Tengo miedo que el Señor llame a la puerta, y yo no le abra”. Señor, que nosotros también temamos no abrirte.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.