Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio de hoy es brevísimo, pero muy rico en contendido. Lucas nos habla en él de la grandeza de María, la Madre de Jesús. Una mujer, impresionada por las enseñanzas de Jesús y por el poder que ha mostrado, venciendo el poder de Satanás, piensa en lo dichosa que será su madre. Efectivamente ¿hay mayor felicidad y gloria para una mujer que los hijos que ha engendrado y criado? Por eso aquella mujer no puede aguantar su admiración y la grita: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron." Pero esta alabanza puede ser mal interpretada y reducir la grandeza de María a su maternidad biológica. Por eso Jesús lo aclara y, con ello, hace el mejor elogio de su madre: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. María es dichosa, ciertamente, por su maternidad corporal de Jesus. Pero lo es, sobre todo, por su fe, porque escuchó la palabra de Dios, la guardó en su corazón y la vivió.
2. Los cristianos somos los que hemos acuchado la llamada de Jesús y le seguimos intentado vivir su evangelio. Una palabra que es la luz que nos alumbra en nuestro caminar hacia la casa del Padre. Ayer el Señor nos avisaba del peligro de creer que ya estamos convertidos por haber dominado algún pecado o pasión, y descuidarnos en la lucha, exponiéndonos a ser dominados de nuevo por el mal. Hoy nos señala que lo que puede preservarnos de caer de nuevo bajo del dominio del demonio es escuchar, guardar y seguir la palabra de Jesús. Para aprender, miremos a María, que es la gran Maestra para la vida de la comunidad cristiana, la mejor escuchadora y cumplidora de la Palabra de Dios. Ella nos enseña cómo acoger la Palabra de Dios, cómo meditarla y vivirla, cómo dejar que nos agarre y nos transforme y nos haga semejantes a Cristo. En la vida de María hubo, sin duda, momentos en que se hizo la oscuridad, de modo que no entendía lo que le pedía la voluntad de Dios, pero ella siempre se dejó guiar por la Palabra. Nosotros, en los momentos de oscuridad, cuando seguir la palabra de Dios “hace daño”, ¿continuamos siendo fieles a ella, o nos echamos atrás?
3. María, Madre, enséñame a escuchar la Palabra de Dios. Que no me limite a oírla y almacenarla en la memoria. Que la acoja gozosamente en el corazón, que la medite en todo momento, para que impregne mi vida toda. Y que la cumpla, que la haga vida. Como Francisco de Asís, de quien dice su biógrafo Celano: “Nunca fue oyente sordo del Evangelio, sino que confiando a su feliz memoria cuanto oía, procuraba cumplirlo a la letra sin tardanza.” Sólo así llegaré, Señor, a saborear el gozo y la felicidad del que escucha y vive el evangelio. Madre, que no tema decir “sí” a Dios y que sea fiel a mi “sí”, como tú lo fuiste, como lo fue Francisco. Tú, Madre, conoces mi debilidad. Sabes que la perseverencia no es mi fuerte. Camina, pues, conmigo, Madre, y cuando llegue la dificultad, ruega por mí, para que no me eche atrás.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.