Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La Palabra de hoy nos muestra la amargura de Dios ante la negra ingratitud de Israel. Isaías nos presenta a Dios como un amigo que cuida con mimo de su viña, de Israel, y a Israel, que no da los frutos que esperaba Dios: en vez de uvas sabrosas, da agrazones: “Esperaba derecho, y dio asesinatos; esperaba justicia y dio lamentos de los oprimidos.” Y en el evangelio Jesús habla también del amor de Dios para con su pueblo y de la respuesta ingrata de éste: no sólo matan a los enviados -a los profetas- sino que matarán al propio Hijo de Dios. La sentencia es tajante: se les arrebatará el Reino y se entregará a otro pueblo que produzca los frutos esperados: “arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.” Efectivamente, a Israel -los primeros arrendatarios- se le quitará la viña, es decir, el Reino de Dios, por no dar los frutos esperados, y será entregada a otro pueblo nuevo - la comunidad de Jesús- que sí producirá los frutos del Reino, los frutos de las Bienaventuranzas.
2. La Palabra de Dios que juzgó y llamó a la conversión a los del tiempo de Isaías y a los del tiempo de Jesús, hoy nos juzga y nos llama a la conversión a nosotros, que formamos parte del Nuevo Pueblo de Dios. ¿Cuánto amor ha derramado el Señor sobre nosotros y cuántas esperanzas ha puesto en nosotros? De Israel dice Isaías que “esperó derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis lamentos.” Y de nosotros ¿qué espera el Señor? También derecho y justicia. Es decir, que vivamos los valores del Reino de Dios: amor, unidad, comprensión, justicia, servicio, verdadera fraternidad y apertura al hermano, con el que hemos de compartir cuanto tenemos, etc. ¿Y qué fruto encuentra? Muchas veces también “asesinatos y lamentos”. Es decir: egoísmo, olvido de los demás, intolerancia, intransigencia, división, etc. Miremos, si no, a nuestras familias, a nuestro barrio, a nuestro mundo... ¿No son éstos los frutos que florecen con demasiada frecuencia?
3. Los de la parábola, en su rebeldía, cuando vieron al hijo venir, pensaron: matémoslo y nos quedamos con todo, y “agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron”. Nuestra sociedad –y nosotros los cristianos de hoy- ¿no hemos hecho lo mismo? Nietzsche preguntaba: “¿Dónde está Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos!... ” Con el Dios que tanto nos ha amado nosotros, si no lo hemos matado, sí lo hemos echado fuera de nuestra vida personal, familiar, laboral, social…, pensando que seremos así dueños de nuestra vida y de la libertad y felicidad… ¿Y qué vemos? Cada vez más fuera del Reino de Dios: con una fe cada vez más mortecina, con las familias descristianizadas, y los hijos que se alejan de la Iglesia, con nuestros ambientes paganizados, con los matrimonios que se rompen con demasiada facilidad, etc. Señor, nos has amado gratuitamente y nos has elegido para que en esta sociedad demos los frutos de tu Reino, pero ¡qué desengaño el tuyo! Perdónanos. Con el salmista te rogamos: “Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó… Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.