Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús ya había hablado sobre su pasión a los discípulos en dos ocasiones; les había dicho que él, el Mesías, iba a recorrer un camino de humillación y ultrajes: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres.” Pero se encuentra con que los discípulos ni lo entienden ni se atreven a preguntarle. Lo que sí hacen es preocuparse de quien ocupará el primer puesto. ¡Pobres discípulos, tan metido tenían en el corazón la ambición de poder y de dominio sobre los demás! Jesús les ha dicho que camina a “ser entregado”, a la humillación y a la muerte; pero ellos continúan con su idea de un mesianismo de triunfos y honores, y soñando en un reino mesiánico en el que podrían ser importantes y dominar a los demás. Señor, ¿no está así de arraigada en nuestros corazones la inclinación a la grandeza y a dominar y estar por encima de los demás? La disimulamos, procuramos que no se note, pero ahí está. Y la aspiración de mi corazón, Señor, ¿cuál es, la tuya o la de los discípulos?
2. Para decirles lo equivocados que estaban, Jesús realiza un gesto simbólico: “cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado”. Ahí está: Jesús, el Señor, el importante, escoge al pequeño, al niño -que apenas contaba en aquella sociedad- y lo pone en el lugar preferente, a su lado, por encima de los discípulos. Y les explica el significado de lo que ha hecho: “El más pequeño de vosotros es el más importante." Así ha de ser en la comunidad cristiana: el importante ha de acoger al débil, al menos apreciado y ponerse a su servicio. No está la importancia en dominar, sino en ponerse a los pies del otro. Es la lección que dará Jesús en la última Cena, lavando los pies a los discípulos. Señor, si tú, que eres el verdaderamente grande, te abajas y te haces servidor de lo más débil, ¿cómo pretendo ser discípulo tuyo, sin hacer lo mismo?
3. El servicio a los más débiles no es un quehacer deleznable y humillante: es servir a Jesús, y servir a Jesús es servir a Dios. De modo que los pequeños, Jesús y Dios están en el mismo plano. Por eso el servicio a los más débiles de la comunidad es el culto que más agrada a Dios. Dice A. Stöger: “Jesús, el más grande, que fue entregado en manos de los hombres a fin de que dispusieran de él, trastorna todas las normas. Los pequeños vienen a ser los mayores, los humildes se convierten en señores, los dominadores se hacen esclavos”. Y sin embargo, Señor, a mí me sigue repugnando el servicio a los hermanos. Cuánto necesito orar, meditar y mirarte para aprender de ti y llegar a ser verdadero discípulo tuyo. Cambia mi corazón, Señor, que entre, por fin, por el camino del servicio a los hermanos, especialmente a los más humildes.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.