Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy vemos a Jesús junto al lago de Genessaret, predicando. La gente ha acudido a oírle. Tienen hambre de su palabra. Tal vez para que le vieran todos, Jesús sube a la barca de Simón y le dice que la separe un poco de tierra, y desde allí enseña. Al contemplar esta escena, me pregunto si nosotros tenemos verdadera hambre de la Palabra de Dios. ¿Deseamos escucharla con el ansia de aquellas gentes que se agolpaban alrededor de Jesús? Dame, Señor, hambre de tu Palabra. Que la escuche siempre como si la oyera por primera vez. Que me deje enganchar por ella. Y que la guarde en el corazón, meditándola, como la guardaba y la meditaba tu Madre, María.
2. Cuando terminó de hablar, Jesús pidió a Pedro que se adentrara en el mar y echara las redes para pescar. Pedro no está con ánimos de pesca; en él hay desaliento, cansancio y frustración, y responde: -«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» A Pedro –experto pescador- la experiencia le decía que no era momento oportuno para la pesca; pero confiando en la palabra de Jesús, echó de nuevo las redes. Y su docilidad y confianza en la fuerza de la palabra de Jesús no quedaron defraudadas: la pesca fue muy abundante. ¡Qué lección de fe la de Pedro! A veces, Señor, después de luchar día tras día contra mis defectos y pasiones, de intentar que tú estés en el centro de mi vida y del de mi familia, y que mis compañeros y amigos, ect., te conozcan, al no conseguir nada, mi fe pierde fuerza y se apodera de mí el desánimo. En esos momentos, Señor, acércate a mí, y dime, como a Pedro: “echa la red.” Y que yo, como Pedro, confíe que tu palabra tiene fuerza para cambiarlo todo, y siga bregando.
3. En Nazaret habían rechazado a Jesús, porque no creían que pudiera traer nada nuevo. Pero Pedro y sus compañeros, ante hecho tan extraordinario, ven la fuerza de Dios actuando por Jesús. Y Pedro se siente indigno de estar tan cerca de él y dice: -«Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Entonces Jesús lo anima y lo invita a irse con él para colaborar en su misión: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres.” Y “ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”. También a nosotros nos ha llamado el Señor para estar con él en su Iglesia, colaborando en el anuncio e implantación del Reino de Dios y la salvación de los hombres… Como Pedro, también yo, Señor, me siento indigno y pecador; pero tú has querido contar conmigo. Gracias, porque has confiado en mí. Aquí me tienes; aquí tienes mi corazón, mis deseos de amarte y de que todos te amen; aquí tienes mis manos, mi voz y mi pequeñez. Dispón como quieras, Señor. Dime qué cosas tengo que dejar para irme contigo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.