Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ayer meditábamos el anuncio de la pasión que hizo Jesús, y que tanto escandalizó a Pedro, que lo había confesado como Mesías. Hoy nos dice el Señor que el camino del discípulo no puede ser otro que el suyo: negarse a sí mismo, cargar con su cruz e irse con él. Lo primero, negarse: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” De entrada, ¡cómo asusta esto de negarse a sí mismo! Porque es abjurar de la egolatría, esa religión que tanto tendemos a practicar, es decir, quitar del centro de nuestra vida el “yo” con sus ambiciones de prestigio, placeres, comodidades, riquezas, etc., y en su lugar poner a Dios y al prójimo. Cuesta, Señor, pero sé que vale la pena. No se trata de renunciar por renunciar; es renunciar a mi yo carnal y a sus ambiciones para elegirte a ti, que vales mucho más. Y marcharse con quien uno ama ¿es sacrificio o ganancia? San Agustín dijo: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».
2. Después, “Cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Cargar con su cruz. No se trata de buscar sacrificios extraños, sino de asumir cada día todo lo que supone ponernos incondicionalmente de parte de Cristo y de su Reino; asumir las consecuencias que implica el ser discípulo suyo, o lo que es lo mismo: ser-para-Dios y ser-para-demás, vivir una vida de entrega total a Dios y a los hombres. Cristo por proclamar la Buena Nueva de que Dios es Padre y los hombres somos hermanos, y como a hermanos hay que tratar a todos, fue perseguido hasta ser crucificado. Esto es, Señor, lo de tus discípulos: caminar detrás de ti, pisando las huellas que tú has dejado marcadas. ¿Cargo cada día con mi cruz? Me cuesta a veces, Señor. Son pocas mis fuerzas. Ayúdame para que pueda seguir adelante.
3. “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Quien se empeñe en asegurar su vida temporal, viviendo para su propio interés y para los caprichos del hombre carnal, perderá la vida: nunca lo material asegura una vida plena de felicidad y sentido. Pero quien se arriesga a entregarla por Jesús y por los demás, ése la gana. Juan Mateos, comentando este evangelio, dice que el valor supremo del hombre, la vida, sólo se asegura si uno está dispuesto a perderla por causa de Jesús y de los hombres. ¿No tenemos la experiencia de que la más profunda felicidad la hemos sentido cuando hemos vivido esa entrega? Jesús dice: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” ¿De qué servirá ganar riquezas, gloria, poder, etc., si perdemos la vida? Señor, que, cuando se haga duro seguirte y la cruz pese, recordemos esta advertencia tuya. La meditación de estas palabras hizo cambiar de vida a muchos. Charles de Foucould las te-nía escritas en las maderas de su cabaña para contemplarlas constantemente. Lo de este mundo ¿cuánto puede durar? ¡Qué fácilmente lo olvidamos, Señor! Siguiéndote a ti, viviendo tu evangelio a veces pensamos que perdemos. Y olvidamos que en la lógica del evangelio “perder es ganar.” Tú perdiste la vida en la cruz, pero la ganaste en la Resurrección. Hazme comprender, Señor, que seguirte a ti es el único modo de ganar la Vida, que es la que importa.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.