Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.” Ha sido un día de mucha actividad con los hombres, y ha llegado la hora del reposo y del encuentro con el Padre: necesita un espacio para estar a solas con él. Contemplemos la escena: Jesús, envuelto en la noche y la soledad, en conversación íntima con el Padre. ¿De qué le hablaría? Seguramente, de la gente que acababa de despedir, de cómo reaccionan ante su mensaje, de sus penas y alegrías, de sus problemas, y rogaría al Padre por ellos... Yo, Señor, quiero aprender tu lección. Quiero retirarme de vez en cuando para estar a solas con Dios, hablándole de mis ilusiones y cansancios, de la gente que quiero y me preocupa. Señor, que sienta necesidad de retirarme para hablar con el Padre. ¡Qué otra sería mi vida y mi entrega si lo hiciera!
2. Los que somos de Jesús no estamos libres de peligros y dificultades en la vida. Como los discípulos que navegan en la noche y se ven en apuros. Acaban de vivir con asombro gozoso la multiplicación de los panes y los peces. Ello ha acrecentado su entusiasmo, y el de la gente, por el Maestro. Pero ahora están solos en medio de la noche y del mar, el lugar del mal. Sin Jesús, experimentan lo escasas que son sus fuerzas. Pueden perecer. Pero al amanecer Jesús se les acerca, andando sobre el agua. Jesús va a al encuentro de sus amigos en la situación concreta de peligro en que se hallan; ellos no le reconocen y se asustan más aún, pensando que es un fantasma. El los anima: "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!"… A veces, Señor, en la travesía del mar de la vida, nuestra barca se enfrenta a vientos contrarios, y nos parece que estamos solos, sin ti. Y muchos miedos se meten en nuestro corazón: miedo de nuestra debilidad, miedo de los problemas de la familia, miedo de la enfermedad, miedo a comprometernos…, miedo a tantas cosas. Entonces, Señor, necesitamos que vengas a nosotros y nos digas: “Animo, soy yo, no tengáis miedo.” Que, si vienes tú, Señor, todo se iluminará y se nos hará seguro. Y continuaremos navegando.
3. Pedro, como siempre, impulsivo y débil, dice: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua." Él le dijo: "Ven." Pedro… echó a andar sobre el agua…; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: "Señor, sálvame.”… Jesús… lo agarró y le dijo: "¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?" Pedro amaba a Jesús, quería llegar pronto a él. Jesús lo invita: “Ven”, y Pedro, al oír su invitación, salta de la barca. Piensa que, si el Maestro camina sobre las aguas del mal, también él puede dominarlas. Pero al experimentar la violencia de las olas, Pedro temió y comenzó a hundirse. Mientras confió en el Maestro, vencía y caminaba sobre las aguas; pero cuando, ante la fuerza de las olas y el viento, dudó, comenzó a hundirse. Y es que la victoria sobre el mal no viene de nuestras fuerzas, sino de nuestra confianza y fidelidad al Señor.… Pedro, Señor, somos todos: cuando creemos firmemente y nos fiamos de ti, vencemos el mal, dominamos los problemas; pero, cuando dudamos de tu amor y de tu poder, todo se tambalea y nos hundimos. Señor, que aprenda la lección: aunque la noche sea oscura y el viento sea recio, y las olas golpeen fuertemente, que no dude de ti, que no tengas que reprocharme como a Pedro: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?"
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.