Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La Palara de Dios nos dice hoy por medio de Isaías: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde…”(1ª lect.) Y en el evangelio vemos que Jesús pone en práctica lo que anuncia Isaías. Un gran gentío se ha reunido en torno a él. Han llegado de todas partes. Al verlos, Jesús se compadece de ellos. Pero no se queda en la compasión, sino que cura a los enfermos, y les da de comer… ¡Cuánta gente sigue pasando hambre y hasta muere de hambre en nuestro mundo! Y ello a pesar de que se producen cada vez más alimentos. Dicen, que de sobra para alimentar a todos los hambrientos y sedientos del mundo. ¿Qué ocurre? Que vemos a la gente hambrienta y ni nos conmovemos. Y si nos conmovemos, nos quedamos en la mera emoción, y no pasamos a la obra, es decir, a darles de comer, cosa que sí hizo Jesús.
2. El Evangelio de hoy –de la multiplicación de los panes y los peces- es programa para los seguidores de Jesús. ¡Qué inmenso gentío –millones y millones- con hambre de pan, pero también de otros tipos: de calor de hogar, de cultura, de cuidado sanitario, de justicia, de solidaridad, de compañía…hay ante nosotros! Y ante tanta hambre, el Señor nos pide sus discípulos de hoy, como en aquella ocasión a los Apóstoles: “Dadles de comer.” No importa lo mucho o poco que tengamos: hay que dárselo al Señor y dejar que él haga a partir de ahí. En aquella ocasión Jesús no quiso hacer las cosas sin contar con los discípulos. Para hacer el milagro partió de los cinco panes y los dos peces que tenían. Así ahora. Dios quiere partir de lo que le demos nosotros. Los discípulos querían que Jesús despachara a la gente para que se buscaran comida, porque no tenían más que cinco panes y dos peces. Pero Jesús les pidió ese poco que tenían. Y con los cinco panes y los dos peces hizo que comieran todos hasta quedar satisfechos y que sobrara. Y si nosotros compartiéramos lo que tenemos, como hicieron los apóstoles, ¿no habría menos hambre en el mundo? ¿Qué “panes y peces” podemos nosotros poner a disposición del Señor, para solucionar el grave problema del hambre? Señor, que seamos sinceros y no nos escudemos en que es poco.
3. Jesús no solucionó el hambre del mundo. Como vemos, sigue habiendo gente que pasa hambre. Pero Jesús nos ha señalado el camino para la solución: compartir lo que tiene cada uno. Nosotros no podremos hacer milagros, como Jesús; pero sí podemos hacer mucho para mejorar esta sociedad y la penosa situación de muchas personas. Compartiendo lo que tenemos contribuiremos hoy al milagro de la multiplicación de los panes, como contribuyeron ayer los apóstoles. Ellos entregaron a Jesús lo que tenían, y él lo partió y lo dio a los discípulos para que lo distribuyeran. Y se saciaron todos y sobró. ¿Qué tal si todos nos arriesgáramos a poner a disposición del Señor lo que tenemos y, como los discípulos, lo diéramos a gente? ¿Y si lo hicieran las naciones y los pueblos? ¿No habría menos gente hambrienta en nuestro mundo?... Y no olvidemos que sólo los que obran así, escucharán al final de los tiempos: "Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber". ¿Lo escucharemos nosotros?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.