Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy nos recuerda el Señor que, para ser discípulo suyo, no bastan las buenas palabras, ni valen las confesiones de fe verbales; hacen falta hechos, obras de cumplimiento de la voluntad del Padre: “No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.” Quedarse en las palabras sería edificar la vida de fe sobre arena. Y ¡qué poco dura! Cuando llega la dificultad todo se va a pique. Como la casa que se edificó sobre arena. Lo que el Señor quiere y espera de nosotros es que “cumplamos la voluntad del Padre que está en el cielo”. San Hilario dice: “El camino del Reino de los cielos es la obediencia a la voluntad de Dios, no el decir y decir su nombre”. Por eso, el día del juicio no bastará que presentemos muchas devociones, plegarias y profesiones de fe. Lo que esperas, Señor, es que te presentemos obras de amor, “evangelio vivido”, la voluntad del Padre realizada. De lo contrario, no nos reconocerás como discípulos tuyos.
2. El día del juicio, los que se quedaron en palabras se volverán hacia Jesús, el juez, y argumentarán: “¡Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre arrojado demonios, y en tu nombre hicimos muchos prodigios?” Es decir, sacarán a relucir los sermones predicados, las conversaciones sobre temas religiosos tenidas, los consejos y las lecciones dadas, etc. Pero Jesús responderá: “Jamás os conocí; apartaos de mí, ejecutores de maldad.” Porque, aunque han llevado siempre el nombre de Jesús y su palabra colgados de los labios, no lo hacían movidos por el amor, ni buscaban construir el Reino de Dios, sino que se aprovechaban de los dones de Dios para llenarse de vanidad y orgullo, como hacían los escribas y fariseos. Jesús sólo reconocerá como suyos a los que se han identificado con él, y han obrado movidos por el amor y han trabajado por construir el Reino de Dios. Estos serán como el que edifica sobre roca: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca”. Que hoy, Señor, esta palabra tuya cale hondo en mí, que ilumine y guíe siempre mi vida. Que edifique, Señor, mi vida cristiana sobre la roca de una fe orada y vivida. Así, cuando llegue la tormenta de la dificultad, no se hundirá.
3. Hay un cuadro en el que aparece Cristo, con atuendo de jardinero, atando un frágil arbolillo a una fuerte estaca, que le dé firmeza frente a los vientos. Hoy te pido, Señor, que ates este débil arbolillo de mi vida cristiana a la fuerte estaca de la acogida, meditación y vivencia de tu Palabra. Es la única manera de resistir a los embates de la rutina, de la tibieza y de la tentación de quedarme en las palabras pías del “Señor, Señor”... María, Madre nuestra, tú que escuchaste y pusiste siempre en práctica la Palabra de Dios, ayúdame para que yo haga lo mismo. Sólo así seré reconocido por Jesús como verdadero discípulo suyo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.