Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Seguimos meditando el Sermón de la Montaña. Hoy el Señor nos advierte que –en su comunidad- ninguno debe hacer juicios condenatorios sobre los demás: “No juzguéis y no os juzgarán.” ¿Hay algo que rompa tanto la buena convivencia como estos juicios? ¡Qué necesidad tenemos de que se nos recuerde esto! Porque tendemos a ir por la vida con la escopeta siempre cargada, disparando a diestro y siniestro: éste es un hipócrita, el otro es un sinvergüenza, aquél…” Para nosotros pedimos comprensión; pero nosotros ¿cómo nos comportamos con los demás? ¡Qué duros somos a veces en la crítica y qué fácilmente los condenamos. Señor, sólo tú conoces el corazón del hombre, y sólo tú puedes juzgar con verdad. “Os van a juzgar como juzguéis vosotros”, dices, Señor. Y en la carta de Santiago leemos: “El juicio será sin misericordia para el que no practicó la misericordia.” Y sabiendo esto ¿continuaré juzgando al hermano de la forma dura y, a veces hasta injusta –cuando no calumniosa- como lo hago, y esperaré un juicio de misericordia de tu parte? Dame, Señor, un corazón compresivo y misericordioso como el tuyo. Y en tu juicio no me trates como merece mi trato inmisericorde al hermano.
2. “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” Si nos miráramos a nosotros mismos con sinceridad, ¿juzga- ríamos al hermano con la dureza con que lo hacemos? El que se ve a sí mismo en su realidad desnuda, con tantos fallos y pecados en su corazón, no se atreve a juzgar tan ligeramente al hermano. Kierkegaard escribió: "nada ayuda más al hombre a tener paciencia, que pensar en sus momentos de impaciencia: ¿qué pasaría si Dios perdiese la paciencia conmigo?" Así, cuando asome el juicio duro ante los fallos de los demás, preguntémonos ¿qué pasaría si Dios fuera tan duro ante mis fallos y pecados? Seguro que nuestros juicios perderían dureza y serían más benévolos e indulgentes. Señor, ¡que no sea tan hipócrita, y reparando en la viga que hay en mi ojo, no me escandalice de la mota de polvo que hay en el ojo de mi hermano! Que comprenda, Señor, que he sido llamado a ser testigo de tu amor y misericordia, no, juez de los demás.
3. Señor, hoy te pido que me hagas más tolerante, que no mire con lente de tantos aumentos la conducta de los demás. Que acepe a los demás, como son, limitados, con defectos y fallos, como tú los aceptas y me aceptas. Que no les eche en cara tan fácilmente, como hago, los defectos que tienen y los errores que cometen. Que recuerde cómo me duele cuando alguien parece estar siempre con el hacha levantada esperando que falle, y no me perdona ni una... Sería estupendo, Señor, que, ante los fallos o discrepancias de los demás, rogáramos como K. Rahner oraba: «Mira, Señor, ahí está el otro, con el que no me entiendo. El te pertenece; tú le has creado. Si tú no le has querido así, al menos le has dejado ser como es. Mira, Dios mío, si tú le soportas, yo quiero aguantarle y soportarle, como tú me soportas y aguantas a mí».
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.