Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. "Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.” Escuchamos esto y pensamos en las veces que hemos pedido y nada ha cambiado, todo ha seguido igual. Pero, ¿es verdad que nada ha cambiado? Un poeta dijo: “nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo.” Tal vez lo hayamos experimentado: ¡cómo nos cambia la experiencia del dolor! Y de la oración ¿no podemos decir lo mismo? Nadie regresa de la oración siendo el mismo, si ha orado de verdad. ¡Cómo cambia el fracaso, la enfermedad, la incomprensión..., cuando “los oramos”! Un amigo enfermo de cáncer me confesaba: “Desde que he orado, mi enfermedad ha cambiado. Las pruebas por las que tengo que pasar, así como los tratamientos y los trastornos que me producen son los mismos, pero para mí, ¡es todo tan distinto...!” Si no lo hemos experimentado nunca es que nunca hemos orado de verdad.
2. Poco después de decir esto a los discípulos, Jesús, en el Huerto de los olivos, oró insistentemente su angustia y su miedo ante lo que se le venía encima: "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz..., pero no se haga mi voluntad sino la tuya". Y cuando acabó su larga oración, dijo a los suyos: “Levantaos, vamos...” Y fue, decididamente, al encuentro de los que le buscaban para prenderlo, es decir, fue al encuentro del dolor y de la muerte. Miradas las cosas con estos ojos miopes de la carne, podemos pensar que el Padre no atendió la oración de Jesús. Pero, ¿de verdad podemos decir que aquella oración no fue atendida? Julien Green escribió que ”el objetivo de la oración no es conseguir lo que hemos pedido, sino hacernos distintos.” ¡Y qué distinto el Jesús que se arrodilla y ora al Padre entre gemidos al Jesús que se levanta después de orar y acoger la voluntad del Padre!
3. “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.” El Padre y Cristo están íntimamente unidos. Jesús lo dijo muchas veces: el Padre y yo somos uno. Y los que creemos en Jesús estamos unidos a él como el sarmiento a la cepa, y en el Hijo estamos unidos al Padre. Así, cuando oramos, es Cristo quien ora en nosotros y con nosotros. De ahí nuestra esperanza de ser escuchados y atendidos. L. Evely dice: “Orar es ponerse a disposición de Dios para que haga en nosotros finalmente lo que siempre ha querido hacer y para lo que nunca le hemos dado tiempo, ni oportunidad: darnos el Espíritu del Hijo”. Y san Agustín decía: “Dios llena los corazones, no los bolsillos...” Y nosotros sólo esperamos las bobadas materiales que pedimos y miramos los bolsillos. Y así, ¿cómo no pensar que Dios nos falla y sentirnos descontentos e insatisfechos? Señor, enséñanos a orar con los sentimientos de confianza con que orabas tú.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.