Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. "Dentro de poco ya no me veréis…” Vuelve Jesús a hablar a los discípulos de separación. Pronto van a dejar de ver al Maestro. Es lógico que esto les preocupara y entristeciera. ¿Qué van a hacer ellos si el Maestro no está con ellos? También nosotros necesitamos a Jesús en medio de nosotros, para seguir creciendo como creyentes, para no desviarnos de su camino, para no decaer en la dificultad. Pero a veces el Señor se nos oculta… Y es lógico entonces sentirnos tristes. Lo verdaderamente triste sería no entristecernos. Porque, Señor, sería signo de que nos da lo mismo estar contigo que estar sin ti. Y eso, no, Señor. ¿No tenerte y no echarte de menos? ¿Cómo te buscaremos, si no sentimos necesidad de ti? Señor, que nunca dejemos de necesitarte. Que te busquemos, como la Magdalena te buscaba en el huerto, desconsolada, después de ver el sepulcro vacío. ¡Qué oscura tristeza, Señor, no tenerte y no echarte de menos! No lo permitas, Señor. ¡Es tan amargo!
2. “…pero poco más tarde me volveréis a ver. Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría." El alejamiento de Jesús, su ocultamiento, no será algo definitivo. La Pasión y la Cruz les ocultarán a Jesús. La noche va a caer sobre ellos y se adentrará en sus corazones. Jesús -la Luz- va a quedar oculto en el sepulcro. Mientras, el mundo estará alegre, es decir, los incrédulos se alegrarán pensando que han vencido y han eliminado al Nazareno que tan incómodo les resultaba. Pero, en la Resurrección, la Luz estallará de nuevo en medio de ellos. Las apariciones del Resucitado lo volverá a iluminar todo y desterrará la tristeza del corazón de los discípulos. Y el llanto se convertirá en gozo y en ganas de vivir y de seguir los caminos del Maestro. También para nosotros, en el camino de la fe, llega a veces la oscuridad, la aridez espiritual, la duda: nada nos dice la Palabra de Dios, la liturgia nos aburre, nos resulta difícil orar... Pero, Señor, que en esos momentos oscuros, sigamos esperando, creyendo que, aunque no te veamos, tú caminas con nosotros. Y, si perseveramos, tú cumplirás tu promesa de que nuestra tristeza se convertirá en alegría.
3. Hoy, Señor, termino orando con este himno de la liturgia, en Laudes:
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.