Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…” El Espíritu Santo es nuestro Abogado y Defensor, pero también es nuestro Maestro. Mientras Jesús estuvo en la tierra él enseñaba a los suyos lo que había oído del Padre, pero bien sabemos que, muchas veces, los discípulos –debido al influjo de la mentalidad del ambiente- no terminaban de entenderle ni entender el sentido último de su mesianismo y de su muerte. De ello se queja Jesús a veces... Hizo falta que tuvieran la experiencia de la Resurrección, y que el Espíritu Santo descendiera sobre ellos, para que “entendieran”, para que se les “abrieran los ojos para comprender las Escrituras” y “vieran” quién era de verdad el Mesías-Jesús con quien habían convivido y cuál era el sentido profundo de su obra, de su mensaje y de su muerte. Entonces dirán: “Era verdad lo que nos dijo”.
2. “Muchas cosas me quedan por deciros; pero no podéis cargar con ellas por ahora.” Jesús dijo esto a los suyos en su Discurso de despedida. Pronto será detenido. Aún le quedan muchas cosas que enseñarles y transmitirles. Pero ¿están maduros para soportar todo lo que se les viene encima, y asumir las consecuencias que conlleva ser discípulos de Jesús? ¿Lo estamos nosotros? Señor, no te retengas, háblanos, dinos lo que quieres de nosotros. Pero como nos reconocemos débiles y desvalidos, danos, Señor, el Espíritu Santo. El nos sostendrá y hará que podamos “cargar” con lo que nos digas y pidas. Danos el Espíritu de la Verdad que nos ilumine para que veamos lo que exige ser discípulos tuyos, cómo hemos de amar y cómo hemos de cumplir tus mandamientos en cada circunstancia concreta y que nos descubra todo lo que hay de “mentira” en el mundo y en nuestras propias vidas, y nos dé la fortaleza necesaria para hacerle frente y desarraigarlo; y nos haga descubrir también todo lo bueno que hay en nuestros corazones y en los demás y en el mundo, y nos mueva a agradecértelo y a vivirlo con gozo y a acrecentarlo.
3. Nosotros somos peregrinos, caminamos buscando la plenitud. Y –en esta búsqueda- es el Espíritu Santo el que nos guía y da ánimo y nos mantiene en la esperanza. Es el que nos ayuda e ilumina en este caminar hacia la “verdad plena”. Lo hizo con los discípulos. Después de la resurrección y de la venida del Espíritu Santo, ¡cómo cambiaron! Fueron mucho más decididos y fuertes en la confesión de su fe, y entendieron cada vez mejor todo lo que Jesús les había dicho y enseñado sobre su persona y su mensaje. Señor Jesús, también a nosotros nos cuesta entenderte y entender lo que quieres de nosotros. Como con los apóstoles ten paciencia con nosotros. Danos el Espíritu Santo, que nos hable al corazón y nos conduzca a la verdad plena. Y concédenos la gracia de querer escucharle, que le dejemos hablar, que le demos tiempo para que nos hable. Y que seamos dóciles y nos dejemos conducir por él, y él nos irá haciendo avanzar por los caminos misteriosos –que a veces no entendemos- por los que tú, Señor, nos quieres llevar.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.