Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. No olvidemos que estamos contemplando a Jesús en esa larga conversación que tiene con los discípulos después de la Cena, en la que abre su corazón y deja que broten de él, como a borbotones, los sentimientos de amor, ternura, tristeza, preocupación, etc. que le embargan en esos momentos últimos de estar con los que ama. Ayer, con gozo, escuchábamos que él nos ama, y no con un amor cualquiera, sino como el Padre le ama a él. Hoy nos declara su último deseo, su testamento: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Es su última voluntad, la dirección hacia donde desea que camine su comunidad: a vivir y construir la fraternidad que él ha iniciado. Señor, ¿qué otra cosa podías encargar a los tuyos, tú que has vivido y vas a morir por amor y para hacer posible el amor?
2. Amor, palabra desgastada de tanto usarla, pero realidad gloriosa casi sin estrenar por muchos. Hablar de amor es fácil, pero vivir el amor ¡cuánto cuesta!... Lo de Jesús, mientras vivió entre los hombres, fue hacer la voluntad del Padre. Y lo de los cristianos ha de ser hacer la voluntad de Jesús, cumplir su encargo: que nos amemos. Y no de cualquier manera, ni siquiera, como decía el Antiguo Testamento: “amarás al prójimo como a ti mismo”, sino “como él nos ha amado”. Y tú, Señor, no te quedaste en palabras, en mero sentimiento afectuoso. Tu amor fue servicio, entrega, vivir para los hombres hasta “des-vivirte”, pues por amor entregaste la vida, la prueba mayor de amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” ¿Amamos así nosotros, nos “des-vivimos” por los demás? Señor, veo que me sobran palabras y me falta entrega, servicio, perdón, estar más a disposición del otro para compartir sus penas y alegrías, para liberarle de su sufrimiento y ayudarle a ser feliz. En la vida de familia, de comunidad, de vecindad, de trabajo, ¡cuántas ocasiones perdemos para vivir tu mandamiento, Señor!
3. “Ya no os llamo siervos...: a vosotros os llamo amigos”. Somos amigos de Jesús. El nos ha elegido para ser sus amigos. La iniciativa ha sido suya. Y nos ha elegido, no por nuestros méritos, sino porque nos ha mirado con mirada de misericordia, de bondad, de amor gratuito. Señor, qué maravilloso saberme amigo tuyo, elegido, seleccionado por ti, y sentirme desbordado por este don, y quedarme en silencio, escuchando y saboreando esta palabra tuya: “eres mi amigo”. Y sentir que se mete muy dentro de mí una inmensa paz, una confianza sin medida, un gozo que me desborda... Pero, a la vez, Señor, ¡qué estremecimiento! Tú, eligiéndome por amor, y yo, remoloneando en la entrega. Escucho: “Esto os mando: que os améis unos a otros”, ¿y cómo respondo?, ¿lo estoy viviendo? Santa Teresa de Ávila dice que habría que salir dando voces “para decir cuán fiel sois a vuestros amigos." Tú, Señor, sí, ¡cuán fiel para conmigo!, pero yo, ¡cuán “in-fiel” para contigo! Perdóname, Señor, cambia mi corazón.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.