Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Seguimos meditando las palabras que Jesús dice a sus discípulos después de la última Cena. El ambiente es tenso, y hay miedo y tristeza en los corazones de los discípulos. Jesús les anima a superar esos sentimientos. Y como despedida les da la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.” La de Jesús no es una paz cualquiera, es “su” paz, la que él tiene en su corazón aun en esos momentos oscuros, cuando ve que se acerca la traición y la muerte. Es la paz del que ama al Padre y se siente amado por el Padre y, en su amor, se siente seguro. Esa es la paz que da a los suyos: él se va, pero no se ausenta; él siempre estará con ellos. Por eso dice: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”… Nosotros ¿pasaríamos tan malos ratos, a veces, ante las dificultades, si acogiéramos la paz de Jesús, si nos sintiéramos amados por Dios? Señor, que nos sintamos amados y acompañados y defendidos por el Padre, como tú te sentías, porque entonces todo se pacificará en nosotros.
2. La paz que Cristo nos ha dejado a los suyos no es la paz del que está sentado, tranquilo, con los brazos cruzados, mirando el paisaje, sino la paz, que pone en pie y lanza a construir la paz a aquéllos que la reciben. Porque el que acoge la paz de Jesús se siente “pacificado”, pero a la vez, se convierte en pacificador, en hacedor de paz, se hace instrumento de paz. Pero la paz de Cristo no se crea -como la del mundo- dominando e imponiéndose al otro, sino dándose, amando, sirviendo, como hizo Jesús. Este ha de ser el estilo cristiano de crear la paz. Es el estilo que recoge la conocida “oración simple de san Francisco: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, ponga el amor. Donde haya ofensa, ponga el perdón. Donde haya discordia, ponga la unión. Donde haya duda, ponga la fe. Donde haya desesperación, ponga la esperanza. Donde haya tinieblas, ponga la luz. Donde haya tristeza, ponga la alegría. Señor, que no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. ”
3. A veces pienso, Señor, que, si los hombres, en vez de dedicarnos a defender “nuestra paz” y a exigir que “nos dejen en paz” (o lo que es lo mismo: que no nos molesten, que no nos compliquen la vida), nos propusiéramos seriamente realizar lo que propone la “oración simple de san Francisco”, tendríamos más paz nosotros, y habría más paz en nuestras familias, en nuestras comunidades, en los grupos de trabajo, en el mundo... Por eso, Señor Jesús, hoy te ruego que nos concedas hacer efectivamente programa de nuestra vida de seguidores tuyos lo que te he pedido en esa sencilla oración de san Francisco.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.