Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús se aleja. Al día siguiente, la gente, que ha comido hasta saciarse sin esfuerzo alguno, lo busca entusiasmada. Pero Jesús no se deja engañar y desenmascara la motivación egoísta e interesada por la que lo buscan: “Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.” No le buscan porque han comprendido la profundidad del “signo” y han creído que Jesús es el Mesías salvador, y que con él se ha iniciado un reino de hermanos que comparten, sino que se han queda en la superficie: en que ha saciado el hambre del cuerpo de mucha gente. Buscan pan y vida, pero sólo para el cuerpo… ¿No merecemos nosotros el mismo reproche muchas veces? ¿Por qué buscamos a Jesús, por qué acudimos a él? ¿Le buscamos a él o buscamos sólo la satisfacción de necesidades materiales: enfermedad, hambre, paro, etc.? Señor, que te busquemos a ti y sólo a ti. Y que te busquemos para “servirte a ti” y no, para “servirnos” de ti. O como decía la santa de Ávila: que no busquemos los consuelos de Dios, sino al Dios de los consuelos.
2. “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.” Esta es la dirección en que debemos buscar: trabajar no sólo por el “pan material” que alimenta esta vida material que se acaba, sino por el Pan del Reino que alimenta la Vida que no termina, la vida de Dios en nosotros, que es lo que Jesús nos trae y da. Es, la vida que, en el fondo, andamos hambreando, aunque a veces ni seamos conscientes. Fuera de Dios, nada puede satisfacernos plenamente. ¿No lo hemos experimentado muchas veces? Todo lo que no sea Dios ¿no nos ha dejado siempre el corazón insatisfecho? En sus Confesiones lo dijo san Agustín, que tenía experiencia en esto: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti. (I, 1-1).
3. “¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? Respondió Jesús: - Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado”. Lo que Dios espera de nosotros no es el cumplimiento de la ley, no son muchas devociones, muchos rezos y misas, etc. La obra que Dios espera de nosotros es la fe, que creamos en Jesús, “en el que el Padre ha enviado”; que le aceptemos como Señor y Salvador de nuestra vida, como el único que puede y basta para llenarla de sentido. Y para ello, necesitamos escucharle, acoger su Palabra, meditarla en el corazón, como María, y orar, orar mucho, para que nos salga al encuentro y nos cambie el corazón... Entonces sentiremos la necesidad de amar gratuitamente y de vivir entregándonos y sirviendo a los demás, como lo hizo él.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.