Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En el Evangelio de hoy aparecen dos hombres desesperanzados. Ellos habían puesto muchas esperanzas en Jesús, el Mesías. Pero eran esperanzas falsas: esperaban que Jesús fuera el Mesías liberador de Israel, pero un liberador político, que rompiera las cadenas con que Roma tenía esclavizado al pueblo y estableciera un reino terreno, en el que ellos podrían medrar y ocupar puestos importantes…Es decir, habían creído en Jesús, pero con una fe mezquina y desenfocada. No habían llegado a comprender el misterio profundo de Jesús ni lo que el mismo Jesús había dicho en distintas ocasiones: que era necesario que el Hijo del hombre muriera, para resucitar y ser constituido Señor. Ahora creen que con la muerte de Jesús todo ha terminado, y se alejan de Jerusalén, de la comunidad. Y al viajero que se les une le confiesan su descorazonamiento: “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel.” Ahora ya no esperan. ¿No es ésta nuestra situación muchas veces? Seguimos a Jesús, pero ¿a qué Jesús seguimos?, ¿con qué esperanzas le seguimos?, ¿cómo reaccionamos ante el silencio de Dios ante el dolor, la enfermedad y ciertos acontecimientos dolorosos?...
2. Para que los discípulos descubrieran quién era Jesús y aceptaran su mesianismo de humillación y entrega, no bastó que lo anunciara el propio Jesús, sino que hizo falta que fuera crucificado y muriera. Nosotros, como los discípulos, lo hemos escuchado muchas veces: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto. (Jn 12, 24) Pero no terminamos de creerlo. Por eso hoy el Señor también se nos une en nuestro caminar desilusionado y nos dice: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Los discípulos se habían forjado una imagen falsa de Jesús y unas esperanzas espurias sobre su reino. Tuvo que morir Jesús para que murieran también esa falsa imagen del Mesías y sus esperanzas falsas, y que el Resucitado se uniera a ellos y les explicara las escrituras y partiera el Pan con ellos, para que descubrieran el verdadero mesianismo de Jesús, y la verdad de su reino. Sólo entonces en sus corazones surgió la certeza de que la muerte no había podido con Jesús, ni había matado las esperanzas que hizo nacer en los que habían creído en él, y que la muerte no tiene la última palabra.
3. Muchos cristianos necesitamos también que mueran nuestras falsas ideas de Dios y nuestras esperanzas bastardas, y que el Señor Resucitado nos salga al encuentro, para que en nosotros surja la esperanza limpia. Por eso, cada “día primero de la semana”, el Señor se hace presente en medio de nosotros, y nos explica las Escrituras y parte con nosotros el Pan. Así nos va haciendo comprender que él es el Señor, y que, a pesar de tanto mal como acontece en el mundo, Dios es Padre bueno, cuyos caminos, aunque desconcertantes para nosotros, son siempre caminos de salvación. Señor, que cada domingo vayamos a tu encuentro con el corazón abierto, y que tu Palabra haga arder nuestro corazón –como el de los de Emaús- y que rompa la venda que cubre nuestros los ojos, para que descubramos que tú eres Vencedor de la muerte y de todo mal. Si así fuere, Señor, volveremos a la vida, transformados, con un gozo nuevo, a decir a todos: “El Señor ha resucitado. Lo hemos reconocido al partir el pan". Y nuestros amigos y familiares y compañeros, verán que es verdad, porque el desánimo y el cansancio de nuestra vida cristiana han sido vencidos, y somos personas nuevas, de compromiso esperanzado e ilusionado por el Reino. Porque hemos comprendido que, porque Jesús ha resucitado, todo, hasta el fracaso radical de la muerte, será en adelante camino de Resurrección y Vida.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.