Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy contemplamos, una vez más, que la gente sigue a Jesús, olvidándose incluso de la comida. Jesús advierte que están hambrientos y no tienen qué comer. Es lo primero que debemos aprender hoy: hacernos conscientes de las necesidades de los demás. No vivir tan encerrados en lo nuestro, en nuestros problemas e inquietudes que nos impidan ver las penas y necesidades de los otros. Señor, enséñame a mirar a la gente con ojos llenos de interés y amor, con ojos compasivos como los tuyos. Que pase por la vida con los ojos bien abiertos para ver las penas y tristezas y necesidades de los que me rodean.
2. Ante tal situación, Jesús invita a los discípulos a tomar conciencia del problema que tienen delante, y pregunta a Felipe cómo encontrar pan para dar de comer a tanta gente. El pobre Felipe ve muy difícil la solución y comenta: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». O sea, Felipe ve el problema, pero, como la solució es difícil, no hace nada. Andrés, por el contario, busca alguna solución, y encuentra que hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, aunque con eso se pueda hacer poco. Y, por otra parte, el muchacho pone lo que tiene a disposición de los demás, sin pensar si es mucho o es poco. Y con aquellos cinco panes y dos peces sí que hubo para que todos comieran y aun sobrara. Algunos autores comentan que el milagro consistió, sobre todo, en el cambio de mentalidad: hacerles pasar de lo mío a lo nuestro, del retener a compartir... ¡Cómo cambiarían las cosas si nosotros diéramos ese “paso”! Hoy tenemos más "panes" y más "peces". Pero nos falta disponibilidad para compartir. Y, sobre todo, nos falta bondad de corazón, amor. Si nosotros compartiéramos lo poco que tenemos, ¿no habría menos hambrientos en el mundo? La Madre Teresa de Calcuta decía: “Yo no puedo solucionar el hambre del mundo, pero puedo dar de comer a esta persona hambrienta”. Señor, que dejemos de parapetarnos detrás de la eterna excusa: “como no puedo solucionarlo todo... no soluciono “esto” que sí puedo.”
3. Al meditar este pasaje, Señor, me conmueve tu bondad para con nosotros. Tú nos miras también a nosotros con compasión y nos ves hambrientos de algo más que de pan material: hambrientos de ti, de tu amor. Y nos invitas a sentarnos a tu mesa y, en ella, nos repartes tu Pan de Vida y tu Palabra de Vida. Y lo partes para todos, para los buenos y para los que no lo somos. Danos, Señor, hambre de tu Pan, que es tu Cuerpo entregado. Y que, participando en el banquete de tu amor, aprendamos a amar, y a compartir lo nuestro con los que tienen hambre.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.