Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los Apóstoles, transformados por la experiencia de la Resurrección, siguen anunciando a Cristo resucitado, a pesar de la persecución y las prohibiciones de los jefes judíos: “¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?" Les han prohibido hablar de Jesús, pero ¿cómo no iban a hablar de él los que habían disfrutado de la experiencia gozosa de la Resurrección del Señor? El enamorado habla de su amor espontáneamente. Y con gozo y entusiasmo. “Se nota que está enamorado”, pensamos. Cuando a nosotros nos avergüenza -o nos da miedo- hablar de Dios y de las cosas de Dios, ¿no es que nos falta la experiencia de Dios, que no hemos saboreado su amor? “Gustad y ved qué bueno es el Señor”, canta el salmista. Señor, concédenos la alegría de gustar tu amor. Entonces no podremos dejar de hablar de ti, sino que disfrutaremos hablando de ti y de tus cosas, dando testimonio de tu amor.
2. Jesús es el enviado del Padre, el testigo del Padre. El “viene del cielo”, de Dios. Sólo él habla las palabras de Dios. Escucharle a él es escuchar al Padre. Obedecer a Jesús es hacer la voluntad del Padre. “¿Qué quiere Dios de mí?”, nos preguntamos a veces. Para encontrar la respuesta contemplemos cómo actúa Jesús y escuchemos lo que nos dice. En Jesús vemos cómo es Dios, qué le gusta a Dios y qué reprueba, porque en Jesús se nos ha revelado plenamente Dios. El que cree en el Hijo, el que acoge al Hijo sin reservas, ése “posee la vida eterna”, es decir, la vida eterna no es algo que se nos dará en la otra vida, sino algo que comienza cuando aceptamos a Jesús... Gracias, Padre, por habernos dado a tu Hijo Jesús, como revelador de tu verdad y tu amor. Que lo escuchemos como él te escuchaba a ti. Que hagamos tu voluntad como él la hacía en todo momento.
3. “El que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos.” Nuestra vocación de bautizados, sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, es ser de Cristo, del “que viene del cielo”. Las obras del hombre terreno son las obras del “hombre de pecado”, que vive para el egoísmo y para todo lo que brota del egoísmo. El que es de Cristo, por el contrario, vive según el Espíritu del Resucitado: con un corazón y una vida plenos de amor, de alegría, de paz, de comprensión y bondad, de mansedumbre y humildad, de servicio y entrega. Señor Jesús, danos tu Espíritu para que vivamos según el Espíritu.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.