Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Así de inmenso ha sido el amor de Dios a los hombres: hasta entregarnos a su Hijo único. Tan valiosos somos para él. Dice el P. R. Cantalamessa: “El Evangelio es únicamente esto: el alegre mensaje del amor de Dios en Cristo Jesús. Y no sólo el Evangelio, sino toda la Biblia es únicamente esto: la noticia del amor misterioso, incomprensible, de Dios al hombre. Si toda la Escritura se pusiese a hablar a la vez, si, por un milagro, de palabra escrita se convirtiese toda ella en palabra pronunciada de viva voz, esta voz, más potente que las olas del mar, gritaría: "¡Dios os ama!" Gracias, Señor, por tu amor. Que escuche constantemente el grito de toda la creación que me recuerda tu amor inmenso.
2. Atilano Alaiz dice: “La grandeza de nuestro Dios no consiste en ser “todopoderoso”, sino en ser “todoamante”. Este es nuestro Dios. Un padre todo bondad y ternura. Y si Dios nos ama hasta el extremo de entregarnos a su Hijo, ¿cómo no responderle con amor? En el conocido himno latino del Adeste, fideles, el autor, admirado ante el amor de Dios que se abaja, se hace niño y pobre, se pregunta: “¿Al que así nos ama, quién no le amará?” Eso: ¿quién será tan desagradecido que no responda con amor al que es “todoamante”? Señor, que respondamos con nuestro amor limitado –porque somos limitados- a tu amor sin límites, infinito. Y que nos amemos los unos a los otros como tú nos amas. Tú, Señor, por amor al hombre –a cada persona humana- has dado tu vida, ¿cómo no vamos a amar nosotros a los que tú amas, sin hacer distinciones de ninguna clase, y cómo no vamos a entregar, día a día, nuestra vida por demás?
3. El antes citado P. Cantalamessa habla de que tal vez la mediocridad de nuestras vidas cristianas radique en que no terminamos de creer que Dios nos ama. Dice: “Seguro que no lo creemos de verdad, o por lo menos no lo creemos suficientemente... Porque si lo creyésemos, pronto la vida, nosotros, las cosas, los acontecimientos, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, pues el paraíso no es más que esto: gozar del amor de Dios.” Señor, que creamos en tu amor. Que creamos que nos amas, aun en nuestro pecado. Que nos sintamos amados por ti. Concédenos gustar tu amor, Señor, que entonces todo cambiará.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.