Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El pueblo de Israel –en el desierto- se queja de Dios y de Moisés. Dios –como castigo- les envía unas serpientes venenosas. El pueblo reconoce su pecado, y Dios le perdona. Como signo de perdón, Moisés levanta en medio del campamento una serpiente de bronce; los mordidos por las serpientes que la miraban confiando en Dio, se curaban. En el evangelio de Juan la serpiente levantada es presentada como un símbolo de la cruz: “Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”(Jn 3, 14s.) Llega la Semana Santa. La liturgia nos va a invitar cada vez con más fuerza a mirar la cruz. Mirémosla, contemplémosla con asombro, con fe, con amor. El lo dijo: “No hay mayor prueba de amor que dar la vida por los amigos.” Digámonos, pues, a nosotros mismos: ahí está clavado el Amor, el que dio la vida para que yo tenga vida eterna. Y dejémonos ganar por ese amor. ¡Cómo sana una mirada amorosa a la cruz!
2. En el evangelio de hoy -que ya meditamos la semana pasada- continúa la controversia de Jesús con los incrédulos y orgullosos fariseos. Jesús poco a poco va desvelando su origen y condición divina. Le preguntan: ¿Quién eres tú? Jesús contestó: “El que me envió es veraz y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él”. Pero ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y siguen sin comprender y sin aceptar que es el Enviado de Dios. Y por más que los invita a creer en él y a acoger su mensaje, se resisten y lo rechazan, porque ¡no anuncia el mensaje que desean ni ven los signos que esperan del Mesías! ¡Qué doloroso debió resultarle a Cristo la obstinación de aquellos hombres!... Concluyendo casi la cuaresma, nosotros, ¿podemos decir que estamos escuchando la llamada del Señor, o estamos oponiendo tanta resistencia como los fariseos? Señor, que creamos en ti, que acojamos tu llamada a la conversión.
3. “Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo”. Jesús no es de este mundo de pecado, de ambiciones e injusticias. Él es de arriba, pertenece a la esfera de Dios, a la esfera del Espíritu. Viene del Padre y vuelve al Padre, cuya voluntad ha cumplido siempre. Va a ser glorificado: “Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy...” Cuando lo crucifiquen se darán cuenta de que es el Mesías de Dios, su muerte será la prueba de su gran amor, amor hasta dar la vida por el hombre. Señala el evangelista que “cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.” Fueron los sinceros de corazón, los que buscaban la verdad. Pero hay quienes no encuentran a Jesús, porque lo buscan con criterios equivocados. Tenían una imagen de Dios muy distinta a la que Jesús presenta y no reconocen que Dios les habla y actúa en Jesús. Son los que pertenecen a este mundo de pecado, de mentira, de tiniebla y muerte. Y, ciegos, rechazan a Jesús. Nosotros, ¿entre quiénes estamos? A los que lo rechazaban Jesús les dijo: “si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados”. Señor, tiemblo ante la posibilidad de que puedas decir eso de mí. ¡Ten misericordia, Señor! Yo quiero creer. Quiero buscarte sinceramente y acogerte antes de que sea demasiado tarde. María, Madre buena, llévame a Jesús
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.