Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los dos domingos anteriores la liturgia nos ha presentado a Jesús como el Agua para nuestra sed y la Luz para nuestras tinieblas: quien bebe de su agua, jamás vuelve a tener sed, y quien es iluminado con su luz, queda curado de todas sus cegueras. Hoy la liturgia nos presenta a Jesús como Resurrección y Vida para todo lo que hay de muerte en nosotros: quien cree en él, vive. En la 1ª lectura escuchamos a Ezequiel que anima a Israel, que está viviendo una experiencia de muerte: está en el destierro, lejos de su tierra y del templo. Su vida, como pueblo, no tiene futuro ni sentido ni meta. Y ahí, en su situación de desesperanza, le llega la promesa del Señor: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros... Os infundiré mi espíritu, y viviréis...” El Señor quitará la losa de la tumba para que el pueblo se levante, se reorganice y empiece a caminar vivificado por el Espíritu de Dios... ¿La de Israel no es nuestra propia experiencia? ¡Cuántas experiencias de dolor, de impotencia, de cansancio, de desaliento, de pecado..., hacen que nos sintamos como hundidos en el sepulcro! Pues también para nosotros resuena hoy la promesa de vida del Señor: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros...Y os infundiré mi espíritu y viviréis”.
2. Estamos acercándonos a la Pascua. Y Pascua es celebración de la vida, es paso de la muerte a la vida, apertura del sepulcro. Hoy el Señor nos dice a nosotros –hundidos en nuestros sepulcros- lo que dijo a Marta, que lloraba la muerte de su hermano Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida... El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.” Y, como a ella, nos pregunta: ¿Crees esto? Para darnos vida sólo pide esto: creer, fiarnos de él. Marta creyó: “Si, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.” ¡Ah!, si nosotros creyéramos así, escucharíamos también la llamada vivificadora de Jesús: “Lázaro, ven afuera.” Y nosotros que hemos intentando muchas veces salir y no hemos podido, experimentaríamos que su Palabra sí puede sacarnos de nuestros sepulcros: del sepulcro donde nos tienen atados el dinero, el bienestar, el placer; del sepulcro donde la rutina y la superficialidad nos mantienen en una vivencia desganada de la fe; del sepulcro de nuestro miedo al compromiso serio por el Reino..., y puede hacernos caminar vivificados por el Espíritu. Ojalá hoy, Señor, creamos en ti, nos fiemos de verdad de ti. Entonces llamarías a cada uno: “Jesús, Mercedes, Mónica, Pedro, Epifanio, Ana...: “Sal afuera”. Y ordenarás a cuanto nos mantienen esclavizados: “Desatadlo y dejadlo andar”. Y con gozo comenzaríamos a andar por los caminos de la vida, del amor, del compromiso y de la entrega.
3. A Marta le dijo Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida.” Nuestro Dios no es, pues, el “dios” de los muertos, de los desanimados, de los sin esperanza, sino el Dios de los vivos, de los entusiasmados, de los que esperan contra todo desencanto, porque saben que ni la muerte será barrera insuperable, ya que Jesús es la Resurrección y la Vida, y el que cree en é1 no morirá para siempre. De ahí que la fe de los verdaderos creyentes en Jesús sea una fe ilusionada por la vida, y que empuja con fuerza a “pasar” de la muerte a la vida, de la desesperanza a la esperanza, del desamor al amor, de la división a la fraternidad; una fe que compromete, por tanto, a luchar contra todas la situaciones de muerte: el egoísmo, el odio, la enemistad, la injusticia, la violencia. ¿Es así nuestra fe? San Pablo, en la 2ª lectura de hoy, nos dice: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales...” Señor Jesús, que, en todo momento, nos sintamos habitados por tu Espíritu, el espíritu de la resurrección y de la vida. Y planta hoy, Señor, en nuestro corazón la certeza de que la última palabra será la tuya, y ¡tú eres la resurrección y la vida!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.