Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La cruz va a estar cada vez más presente en las lecturas de estos últimos días de cuaresma. Hoy vemos que siguen las maquinaciones de los jefes judíos para matar a Jesús. No creen en él como Mesías enviado de Dios ni aceptan su mensaje. Les estorba. Quieren eliminarle. Es la lucha de siempre. En el fragmento del libro de la Sabiduría -que leemos como 1ª lectura de la misa- se dice que el que obra mal no puede ver con buenos ojos al que obra bien; las buenas obras que hace el justo las vive el impío como un reproche, se siente denunciado por esa buena conducta. Es lo que les pasaba a los dirigentes religiosos de los judíos. El mensaje de amor y comprensión con los pecadores, a quienes Jesús defiende y perdona y con los que se junta y come, lo mismo que con los pobres, enfermos y marginados, denuncia su orgullo, su engreimiento y su creerse mejores que nadie. Y eso no lo pueden aguantar. Señor, y nosotros nos quejamos ante la menor contradicción, crítica o incomprensión. Y hasta nos duele que no nos reconozcan y “aplaudan” cuando hacemos algo bueno. ¡Como si los discípulos pudiéramos esperar ser mejor tratados que el Maestro…!
2. Pero hay más. Con la primera lectura de hoy ¿no da de lleno el Señor donde nos duele a muchos? Porque, cuando nos sentimos incómodos ante la vida cristiana, entregada y servicial de algunas personas, como amigos, hermanos de la comunidad, etc. ¿no será porque, con su vida, denuncian nuestra vida cristiana amodorrada y comodona? Cuando pensamos y hasta decimos de ellos que son “extremistas”, que les gusta llamar la atención o no sé qué, ¿no son nuestro orgullo y envidia los que hablan? Señor, danos un corazón generoso que se alegre de las cosas buenas de los hermanos; que aceptemos con humildad sus buenos ejemplos, aunque provengan de personas más sencillas y menos instruidas que nosotros.
3. A pesar del peligro que corre, Jesús sube a Jerusalén y continúa predicando su mensaje. Ha venido para eso. El sabe bien que con su mensaje y sus actitudes se está jugando la vida. Pero no se echará atrás: el encargo del Padre tiene que realizarlo… ¿Y nosotros? La misión de los cristianos es ser testigos de Cristo, ser luz y ser sal en el mundo. Y sabemos muy bien que, en esta sociedad nuestra tan injusta y cada vez más descreída, esto molesta a muchos. Y corremos peligro de echarnos atrás y no atrevernos a dar testimonio de nuestra fe y entrega, por temor al qué dirán, a que nos critiquen o se rían de nosotros. De hecho, ¿no nos acomodamos a veces a “lo que hacen todos”, porque tememos desentonar? Y desentonamos tan poco, que nadie se siente interpelado por nuestra vida. ¡Qué triste, Señor, que seamos y actúenos de modo tan semejante al de los no creyentes que nuestras vidas no les incomodan en nada, y a veces... hasta nos tienen como de los suyos!... Señor, perdona tanta cobar-día. Danos valentía para ser testigos tuyos en todas las circunstancias de la vida; que –con humildad, pero con firmeza- defendamos siempre el bien y lo hagamos, aunque nos critiquen y nos tilden de retrógrados.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.