Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Durante los días cuaresmales el Señor nos viene llamando a la conversión, a volvernos a él, porque nos ama por encima de nuestras infidelidades. El siempre nos está esperando, y cuando nos volvemos a él, siempre nos acoge amorosa y tiernamente, como Padre bueno. En la 1ª lectura de hoy, por medio de Oseas, nos anima: “Israel conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste por tu pecado…Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ello” (Os 14, 2.8). Al mirar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios en esta Cuaresma, ¿no nos hemos descubierto traidores al amor de Dios, como Israel? ¿A qué dioses nos hemos entregado: al dinero, al éxito, a la comodidad, al placer, al propio “ego”? Hoy el Señor nos sale al encuentro y nos dice que su amor sigue firme y que está dispuesto a perdonarnos: “yo los amaré sin que lo merezcan” ¿No nos emociona y llena de gozo esta declaración de amor del Señor? ¿No volveremos a su amor?
2. En el evangelio se nos recuerda lo que es el meollo de la ética evangélica: El amor. Amor a Dios y amor al prójimo. Un escriba pregunta a Jesús por el mandamiento primero, el más importante. La pregunta era pertinente, porque para los judíos la religión se había convertido en una verdadera maraña de normas: 248 mandamientos y 365 prohibiciones. De ahí que los grandes maestros de Israel intentaban resumirlos en una norma que proponían como el mandamiento más importante. Jesús responde al escriba con el Shemá, que los judíos piadosos recitaban tres veces al día, por la mañana, a mediodía y por la noche “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Es decir, lo primero es amar a Dios, y amarlo con un amor total. ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mi corazón, en mi mente, en todo mi ser? ¿Es mi único Señor, o intento compaginar su amor con el de otros “diosecillos”? ¿Cuáles son?... Señor, no permitas que en mi corazón levante más altar que el tuyo.
3. Pero Jesús enseguida añade otro: “El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.” El amor al prójimo era un mandamiento conocido ya. Pero para el judío prójimo era sólo el que pertenecía al Pueblo escogido, o que al menos era prosélito de la religión judía. Pero, Jesús rompe esas fronteras: prójimo es todo hombre, pertenezca o no al pueblo elegido. Pero hay más: Jesús une este segundo mandamiento al primero. Esta es la gran novedad de Jesús: no es posible amar a Dios, sin amar al hermano, y no hay culto agradable a Dios si no va unido al amor al prójimo. Señor, que no me engañe, que mi amor al hermano pruebe la verdad de mi amor a Dios. Ni me engañe quedándome en buenas palabras: amar al prójimo es ayudarle, servirle, perdonarle, compartir con él lo nuestro, preocuparnos de él, y, por ello, trabajar para construir un mundo más justo, de hermanos, en el que nadie sea explotado por nadie. Señor, que en esta cuaresma aprenda a amar a Dios y al prójimo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.