Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. En la liturgia de hoy aparece la figura de Abraham. Un hombre que vivía tranquilo, instalado en sus cosas, sus ganados, su familia... Pero vive en una profunda frustración: no tiene hijos; su vida la considera, pues, estéril, sin futuro. Y ahí, en su circunstancia concreta le llega la Palabra de Dios y su promesa: “sal de tu tierra y de la casa de tu padre... Haré de ti gran pueblo...” Abraham se fió y se puso en camino. No sabía adónde iba. Sólo tenía una Palabra y dos promesas. Pero él se agarró a esa Palabra y creyó firmemente en esas promesas. Y sabemos que Dios no le falló: le entregó una tierra y le dio un hijo, en quien arranca el pueblo de Israel. También nosotros estamos tal vez tranquilos, instalado en nuestras cosas, nuestras seguridades, en nuestras pequeñas felicidades, en un cristianismo de ir tirando... Pero, como Abraham, ¿no nos sentimos frustrados en lo más profundo de nuestro corazón? Tenemos muchas cosas, pero ¿no experimentamos nuestra vida bastante insatisfecha, estéril, sin contenido y falta de un sentido profundo? En esta Cuaresma nos llega la Palabra de Dios que nos invita: “sal de tu tierra, de ésa mediocridad en la que vives y ponte en camino. Yo quiero darte una fe más viva, una vida más llena de amor, de solidaridad, de entrega...Señor, que como Abraham, me fie de ti y me ponga en camino...
2. En el evangelio se nos presenta a Jesús subiendo a Jerusalén, la ciudad de la entrega. A sus discípulos les había anunciado que en Jerusalén el Mesías sería entregado a sus enemigos, que sería maltratado y moriría en la cruz. Jesús sube, pues, a la entrega total de su vida por amor. El domingo pasado lo veíamos tentado: el enemigo pretendía apartarlo de este camino y le invitaba a recorrer el camino de la comodidad, del triunfo y del poder. Pero Jesús se agarró a la Palabra de Dios y rechazó esas insinuaciones: “no solo de pan vive el hombre...”, “no tentarás al señor tu Dios“..., “solo al Señor tu Dios servirás y darás culto...” Escogió ser fiel a los planes del Padre y recorrer el camino de la humillación, del servicio y de la entrega. Y sabemos que el Padre tampoco falló a Jesús. La vida de Jesús no terminará en el fracaso, en la tumba, sino que el Padre se pondrá de su parte y lo resucitará. Hoy el episodio de la transfiguración nos deja ver anticipadamente la glorificación a la que camina Jesús y los que le sigan. Como dice San Beda: «Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra.»
3. Esta visión anticipada de la resurrección, en el Tabor, y la voz del Padre que dice: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo» disipan los miedos que se habían instalado en el corazón de los discípulos ante el anuncio de la Pasión, que les había hecho Jesús. Y se sienten animados a seguir al Maestro en su camino de entrega. También a nosotros nos asustan las exigencias del evangelio de Jesús. Por eso necesitamos subir con frecuencia al “tabor” del silencio y la oración para que el Señor nos haga descubrir que el camino de Jesús –camino de fidelidad al amor de Dios y a los hombres- no acaba en el fracaso sino en el triunfo y el gozo de la resurrección. Señor, hoy nos haces ver también a nosotros que, aunque a veces se nos haga difícil, vale la pena seguirte; que vale la pena romper con los criterios del mundo y vivir según los criterios de tu evangelio. Ayúdanos para que en esta Cuaresma dediquemos tiempo a retirarnos para –en el silencio y la oración- escuchar las palabras del Padre que resuenan en nuestro corazón: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo". Y que te escuchemos y te sigamos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.