Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. De san José sabemos muy poco, pues poco dicen de él los evangelios. Pero ese poco nos hace descubrir a un “hombre de Dios”. El evangelio dice que “era un hombre justo…” Y “justo” en la Biblia se dice del que confía totalmente en el amor de Dios y escucha, acoge y cumple la Palabra que Dios le dirige. José aparece así en los evangelios: un hombre dócil, obediente, que confía y se abandona a los planes que Dios le manifiesta, aun cuando, a los ojos humanos, las cosas no aparezcan claras. Así, hoy lo vemos desconcertado, sin entender lo acaecido en su esposa María, sin saber qué hacer; pero cuando, por medio del ángel, Dios le pide que reciba a María, su mujer, cesan las dudas: “y cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.
2. Así de sencillamente acogió José la misión que Dios le encargaba de ser el esposo de María y asumir el papel de padre del Hijo de Dios, y ser custodio de ambos. Una misión que -podríamos decir- trastorna su vida. Podemos pensar que él soñaba en una familia, pero no en ésta. Sin embargo es la que Dios le pide. Y él la acepta. Y desempeñará fielmente, con sencillez, sin ruido, la misión que Dios le encarga. Aquí radica la santidad de José: vivir una vida humilde, anónima y entregada, de solícito cuidado de María y de Jesús, que era lo que Dios le había encomendado. Este es el testimonio que nos da el sencillo y silencioso José: confiar en Dios, fiarnos de su amor, dejarnos guiar por el Dios que nos ama. Pues, porque nos ama, nunca nos va a fallar. ¿Es ésta mi actitud, o soy de los que andan siempre regateando el sí a Dios?
3. Cristiano es el que cree en el amor de Dios y en su fidelidad para siempre; el que se ha sentido llamado y se ha dispuesto a realizar la misión que Dios le confía. Una misión que, como la de José, es irremplazable: si yo no la realizo, se quedará sin cumplir, y, de alguna manera, el plan de Dios quedará truncado... El ateo Sartre pone en boca de uno de los personajes de su obra teatral sobre Navidad “Bariona” estas palabra sobre san José: “Si fuera pintor, no haría el retrato de José. No mostraría más que una sombra al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José, así como José no sabría qué decir de sí mismo. Él adora, es feliz adorando, y en cierta forma se siente ajeno a lo que está sucediendo. Creo que sufre sin admitirlo. Sufre porque observa cómo esta mujer, a la que tanto quiere, se parece a Dios; cómo ella ya está al lado de Dios. Porque Dios ha irrumpido como una bomba en el seno de su familia. José y María han quedado separados para siempre en este estallido de luz. Imagino que José, a lo largo de toda su vida, aprenderá a aceptar su destino." Señor, danos un corazón generoso como el de José, para aceptar nuestro destino. Y tú, José, intercede por nosotros. Ruega para que acojamos con corazón abierto el plan de Dios sobre cada uno. Y que -sea más vistoso o sea más humilde y oscuro- lo realicemos con fidelidad en cada momento. Como, José.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.