Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El episodio de hoy es continuación del de ayer. Ante el gesto profético de expulsar a los mercaderes del templo, los sacerdotes, letrados y senadores se sienten desautorizados y se sobresaltan. Por eso algunos fueron a Jesús para pedirle cuentas de lo que ha hecho: “¿Con qué autoridad haces esto?” –le preguntan-. Como diciendo: ¿quién eres tú para decirnos cómo hay que hacer las cosas en el templo?... Jesús no era de la casta sacerdotal, y ellos no pueden aceptar que un laico se atreva a denunciarles a ellos. Tú, Señor, has proclamado abiertamente que vienes del Padre, que eres el Mesías. Ellos te han escuchado y han visto los signos que haces. Pero a ellos no les interesas tú ni tu mensaje. Y, como lo que tú predicas y haces puede echar por tierra su prestigio y autoridad, intentan desautorizarte ante el pueblo. Y es que, Señor, cuando queremos escaparnos de tus exigencias, ¡qué de excusas encontramos! Yo, para seguir en mi mediocridad y tibieza, ¿con qué coartadas me engaño?
2. Jesús conoce bien sus intenciones torcidas, y no responde… ¿Para qué responder al que no busca la verdad sinceramente? Al que no quiere creer, no hay argumento que le convenza. Y Jesús ve que a aquella gente ni le interesa la verdad ni su mensaje, y sólo buscan excusas, para no aceptarle como Mesías. Es lo que hago yo a veces. Para no comprometerme y no hacer en mi vida los cambios que me pide el Señor, ¡cuántas excusas pongo! Y cuántas razones encuentro para desautorizar la predicación que me escuece o el consejo o corrección fraterna del hermano. Todo, Señor, menos confesar que me da miedo decirte sí porque no estoy dispuesto a romper con mi egoísmo, o mi comodidad, o mi tibieza, o mi miedo a complicarme la vida... Por eso, busco mil excusas para seguir igual. Señor, que sea sincero. Que deje ya de engañarme y de engañarte.
3. Jesús, en vez de responder, les pregunta inteligentemente: “Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.” Ellos se ven atrapados. Piensan: Si decimos que de Dios, nos echará en cada que no le creyéramos; y si decimos que de los hombres, la gente se nos echará encima, porque todos lo tienen como verdadero profeta. Y entonces, hipócritamente, contestan: “No sabemos.” También yo, Señor, siento en mi corazón que me haces preguntas comprometidas que a veces temo contestar. Hoy, Señor, me pregunto qué preguntas son ésas... Señor, que vea claro. Que no tema escucharte, y ni rehúya contestarte. Que acepte, Señor, sin miedo, que tú seas el que dirija mi vida.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.