Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ninguna necesidad de la gente pasa desapercibida para Jesús. Hoy advierte que la gente que le ha seguido está hambrienta y no tiene qué comer, y su corazón compasivo se conmueve: "Me da lástima de esta gente…” Y no se queda en el sentimiento de lástima, se pone en seguida manos a la obra para solucionarles el problema. Es lo primero que debemos aprender y pedir al Señor hoy: mirar a la gente con ojos compasivos como los suyos, ir por la vida con los ojos bien abiertos para ver las necesidades de los que nos rodean. Y después, pidamos que nos conceda la gracia de ponernos a trabajar, a hacer lo que esté en nuestra mano para solucionar las necesidades que descubrimos.
2. Jesús comparte su preocupación con los discípulos: “llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino” Los discípulos se agobian: "¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?” Pero el Señor sólo les ha pedido que tomen conciencia del problema y vean qué pueden hacer. Y les apunta por dónde puede venir la solución: “¿Cuántos panes tenéis?" Era poco lo que tenían: siete panes y unos peces. Pero ese poco lo ponen a disposición de los hambrientos, y Jesús puso lo demás. Y hubo comida para todos y hasta sobró... Dios nos pide que miremos el hambre y el sufrimiento de la gente, y nosotros pensamos que esos problemas nos desbordan, que podemos hacer bien poco, pues son pocos nuestros medios, pocas nuestras posibilidades, poco el tiempo de que disponemos... y poco todo. Pero el Señor sólo nos pregunta “cuántos panes tenemos”, es decir, qué puede hacer cada uno. Y eso es lo que nos pide. ¿No cambiarían las cosas, si en vez de lamentarnos de que no lo podemos solucionar todo, hiciéramos “lo poco” que podemos?
3. Cuando las primeras comunidades cristianas leían este pasaje, sin duda que se conmoverían ante la bondad del Señor. Porque veían que él seguía distribuyéndoles el pan necesario para la vida: el pan de la Eucaristía. Y nosotros ¿no nos conmovemos ante tanta bondad del Señor? Él nos mira con compasión y nos ve hambrientos de algo más que de pan material: hambrientos de Dios, de su amor. Y nos invita a sentarnos y nos reparte su Pan, que es su cuerpo y su sangre. El que sacia nuestra hambre profunda. Y lo parte para todos, para los de aquí y los de allá, para los buenos y para los que no lo somos. Señor, que participando en el banquete de tu amor, aprendamos lo que tenemos que hacer: partirnos y repartirnos nosotros y lo que tenemos en favor de los hermanos. ¿Qué eucaristía será la nuestra, si la participación en ella no nos lleva a compartir con los que no tienen pan?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.