Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Continuamos contemplando cómo Jesús muestra su poder sobre el mal y lo va venciendo. Hoy vemos que se adentra en territorio no judío, pues él ha venido para todos, también para los paganos. Y allí lucha contra la fuerza del mal espíritu que tenía poseído a aquel hombre al que nadie podía dominar. Vivía entre tumbas, entre los sin-vida, entre lo impuro. Pero Jesús es más fuerte, y su palabra salvadora libra al hombre del poder del mal: “Espíritu inmundo, sal de este hombre.” Y, como vimos con la enfermedad y la tempestad, también el mal espíritu se somete a Jesús: “Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos. Y y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago.” Meditando sobre este episodio, Señor, pienso en tantos “espíritus inmundos” que tratan de esclavizarme, y con frecuencia lo logran. Ahí están la comodidad, el orgullo, la ambición de bienes materiales, la envidia, la lujuria, la violencia, la intolerancia…, que hacen que, como el poseso de Gerasa, viva como muerto: falto de ilusión por mi vida cristiana, llevando una vida espiritual chata. Líbrame de ellos, Señor, lucha tú conmigo, que yo sólo no puedo contra ellos.
2. Cuando la gente se entera de lo ocurrido (que ha liberado al “poseso”, y que los cerdos se han precipitado en el mar), en vez de alegrarse por el bien del hombre curado, sienten miedo y piden a Jesús que se vaya a otra parte.”Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados... Ellos le rogaban que se marchase de su país.” ¿Temían que Jesús hiciera cambiar sus vidas y no estaban dispuestos a ello? ¿O para ellos, los puercos eran más importantes que el ser humano que acababa de recobrar su sano juicio? A nosotros ¿no nos pasa a veces algo parecido? Tememos el encuentro con el Señor por miedo a que perturbe nuestra vida aburguesada y tengamos que cambiar. Pero, sobre todo, lo percibimos como una amenaza para nuestros “cerdos”, o sea, para nuestros bienes materiales. Hoy, Señor, me pregunto si, cuando te pido que me liberes, de verdad quiero ser liberado, o más bien te temo y prefiero que te vayas a “otro país”. ¡Qué necio soy a veces, Señor, qué mezquino contigo! Perdóname.
3. El hombre liberado quiere quedarse con Jesús y formar parte del grupo de los discípulos. Pero Jesús le dice: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.” O sea, vuelve a tu vida ordinaria y allí, en tu ambiente, da testimonio de las maravillas de Dios, cuéntales a todos lo que Dios ha hecho contigo. Y él se fue proclamando por todas partes lo que Jesús había hecho con él. Porque, Señor, quien experimenta tu misericordia necesita proclamarla y se convierte en mensajero de tu amor. ¿Lo soy yo? ¿Proclamo a todos el amor de Dios, las misericordias del Señor que he experimentado en tantas ocasiones?
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.