Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Otra vez los fariseos contra Jesús. Hoy el motivo es el descanso sabático. Los fariseos –muy celosos guardianes de la ley- se escandalizan, porque los discípulos, arrancan espigas y las estrujan para comerlas. Los fariseos piensan que ésa es una actividad no permitida en sábado, porque la equiparaban a la siega, que estaba prohibida. Jesús vuelve a salir en defensa de los suyos y les recuerda el caso de David que dio a los soldados hambrientos los panes consagrados del templo que sólo podían comer los sacerdotes, donde aqueda claro claro que cualquier ley –también la del sábado- ha de estar al servicio del hombre y no al revés: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”. Por eso Jesús cumple con el descanso del sábado, pero, cuando es preciso, en sábado hace obras en favor de los necesitados: sana enfermos, expulsa demonios, predica. Es lógico: Dios, que es amor, pone siempre a la persona en primer lugar… Es lo que hacías tú, Señor. Y yo, por el contrario, ¡qué fácilmente encuentro excusas para no atender al hermano necesitado! Y no precisamente por cumplir con la ley, sino por comodidad, por pereza... o por no sé qué.
2. Dice también Jesús de él mismo: “el Hijo del hombre es señor también del sábado." Como se muestra señor de la enfermedad, y sana, y señor del pecado, y perdona, y de los espíritus inmundos, y los expulsa, así es señor del sábado y lo puede interpretar. Con ello declara que él es el Hijo de Dios, que conoce la voluntad del Padre, para quien lo primero es el hombre necesitado… Señor, que aprenda de ti a poner al hermano necesitado por delante de todo. Que no me contente con cumplir la ley. Normalmente me siento con la conciencia tranquila, porque pienso: he cumplido lo mandado, no he quebrantado ningún mandamiento ni ninguna otra norma. Bien. Pero ¿he ayudado al hermano necesitado, o lo he dejado con la mano tendida, esperando mi ayuda y que lo alivie en su necesidad? Señor, menos ley y más amor es lo que nos hace falta a muchos cristianos. Ilumíname para que lo comprenda.
3. Los fariseos se mostraban tan celosos cumplidores de la ley que andaban por la vida escandalizándose cuando otros no la cumplían, y los juzgaban y condenaban. Di- ríamos que cumplían la ley, pero “fusilaban” la caridad, que era lo más importante. ¿No caigo yo a veces en ese pecado? Juzgo y condeno con demasiada facilidad a los demás, porque no cumplen alguna norma, es decir, defiendo la ley, pero haciendo añicos la caridad. Señor, hazme menos legalista, menos “juez” y más hermano; dame un corazón más misericordioso con los demás: que me importe más la caridad que la ley.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.