Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. San Juan sigue recordándonos que somos hijos de Dios y las consecuencias que de ello se derivan: hemos de amar a Dios y hemos de amarnos los unos a los otros. Pero el amor no puede quedarse en buenas palabras: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Al final, dice san Juan de la Cruz, seremos examinados del amor. No estará de más, pues, que, al comenzar un nuevo año, nos preguntemos cómo andamos en esto del amor: ¿amamos a los hermanos de verdad y con obras, o nos quedamos en buenas palabras? Jesús no se quedó en eso, sino que él dio su vida por nosotros. Así hemos de hacer nosotros: “También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. ¿Amamos nosotros así, sí hasta no temer complicarnos la vida por el hermano, hasta gastarla por los demás?
2. Ayer contemplábamos en el evangelio cómo Jesús llamaba a Andrés y Juan, y cómo Andrés llevaba a su hermano Pedro a Jesús. Hoy los llamados son Felipe y Natanael (=Bartolomé). A Felipe lo llama directamente Jesús: «Sígueme». Pero para llamar a Natanael se sirve de Felipe, que era su amigo. Como ayer en Andrés, hoy vemos que Felipe comunica a su amigo la alegría de haber encontrado al Mesías: “«Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.» Señor, hoy te insisto en la petición de ayer: concédeme el gozo del encuentro contigo para que mi apostolado sea anuncio jubiloso de ese encuentro. Sólo así será fructífero. Decía San Pío X: «sin una vida interior profunda, sin auténtica unión con Jesucristo, sin piedad verdadera, no se puede ser apóstol». Porque ¿qué anunciaríamos?
3. Ante la noticia que le da Felipe, Natanael reacciona con cierta incredulidad: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" Pero Felipe no discute, sólo lo lleva a Jesús: «ven y verás». Y es el encuentro con Jesús el que disipa las dudas de Natanael y arranca su confesión: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios.» Sólo el encuentro contigo, Señor, es el que desvanece nuestras dudas y nuestros miedos. Es en ese encuentro donde llegamos a ver esas “mayores cosas” que prometes a Natanael. Señor, que cada día yo “vaya y vea”, para descubrir, en el trato amoroso contigo, que tú lo eres todo para nosotros, como para Francisco de Asís, que pasaba largas horas de oración repitiendo extasiado: “Deus meus et omnia” (“Dios mío y mi todo”).
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.