Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ayer la Iglesia celebró la fiesta de san Esteban, el “protomártir, el primer testigo del Dios-Niño nacido en Belén. Hoy festejamos a San Juan Evangelista, “el discípulo amado” del Señor. Es el segundo testigo de Cristo que nos presenta la liturgia en este tiempo de Navidad. Juan -con Santiago y Pedro- acompañó a Jesús en momentos importantes de su vida: en la transfiguración del Tabor, en Getsemaní cuando la agonía, al pie de la cruz, etc. En el evangelio de hoy lo vemos corriendo al sepulcro de su Maestro, que le han dicho que está vacío; y, aunque llega el primero, no entra, prefiere que sea Pedro el primero en entrar y verificar el extraordinario hecho de la Resurrección. Después entra él, y dice el evangelio que “vio y creyó.” Señor, dame la mirada iluminada por el amor, de Juan. Que hoy, ante la cueva de Belén, viéndote empequeñecido, yo vea y crea. Como tu Madre, como José, como los pastores… Que me rinda ante el inmenso amor que me muestras haciéndote pequeño, débil, indefenso, por nosotros.
2. En su Primera Carta dice san Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible)…, os lo anunciamos... Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa”. Ojalá sea ésta nuestra actitud ante en el misterio de la Navidad: oír, ver, contemplar, palpar. Ante la cueva de Belén, pidamos al Señor oír su Palabra, que, en estos días, nos dice tan fuertemente que nos ama; ver claro lo que él espera de nosotros, y verle en los más débiles y necesitados; contemplar su amor, su ternura, su misericordia, y palpar, es decir, acercarnos a él hasta tocarle y reclinar nuestra cabeza en su pecho, como Juan, y dejarnos impregnar de su amor. Entonces, Señor, sí podremos dar testimonio gozoso de tu amor, de que has venido y estás entre nosotros. Y nuestra alegría será completa.
3. San Juan es también el que en el Calvario, junto a la cruz, escuchó aquellas palabras del Maestro que agonizaba: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”...”Ahí tienes a tu Madre”. Y dice el evangelio que, desde aquel momento, él acogió a María en su casa. Imaginemos y contemplemos la ternura de Juan para con María, la Madre de Jesús, que el mismo Señor le había entregado a él como madre. Y la de María para con Juan... María, Virgen de Belén, nosotros queremos acogerte también como Madre nuestra; acógenos tú como hijos tuyos. Te pedimos que nos enseñes a amar a Jesús y a escucharle como tú le amabas y le escuchabas. Y que guardemos su Palabra, meditándola en el corazón, como dice el evangelio que hacías tú. Maria, Madre, no nos dejes nunca de tu mano.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.