Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La gran noticia de la Navidad es ésta: Que Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda llegar a ser Dios. Lo recuerda S. Juan: “A los que le recibieron les ha dado el poder llegar a ser hijos de Dios.” Por eso la Navidad proclama, por una parte, el gran amor de Dios y, por otra, la gran dignidad del hombre. Nosotros andamos por la vida buscando ser importantes. Y, en nuestro afán, nos construimos pedestales donde subirnos: el poder, la riqueza, un cargo, etc. Hoy el Señor, haciéndose uno de nosotros, nos ofrece el ser verdaderamente importantes: ser hijos de Dios, algo que nunca hubiéramos soñado. Este es el gran gozo que nos trae la Navidad: Dios se hace Niño, se abaja para elevarnos. Se hace pequeño y débil, para hacernos grandes y fuertes. ¡Qué inmenso amor el del Señor! ¿Cómo no caer de rodillas y quedar arrobados ante este misterio de su amor? Adoremos al Dios-Niño, amémosle, pidámosle que hoy nos gane para su amor.
2. La tragedia está en que podemos no aceptar la oferta de amor que nos hace el Señor: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron...” Como los de entonces, muchos siguen teniendo miedo a Dios, aunque se abaje y se haga Niño. Como Herodes, que en aquel niño no vio al Libertador, sino al posible usurpador de su poder. Así hay muchos hoy que sólo ven en él al destructor de la felicidad que se han construido con no importa qué medios, un coartador de la dignidad del hombre, de la libertad... Y lo triste, Señor, es que nosotros, a veces, participamos de ese modo de pensar. ¡Cuando tú vienes a llenar de sentido nuestra vida, a saciar nuestra sed de amor, de eternidad, de libertad! Soñamos en ser grandes, y tú vienes para hacernos hijos de Dios; necesitamos ser amados, y tú te haces ternura acogedora en el Niño de Belén para gritarnos que nos amas, que no tenemos nada qué temer. ¿Te abriremos la puerta hoy y te dejaremos entrar? ¡Qué triste, Señor, si no lo hiciéramos!
3. Dios al hacerse hombre, al acampar entre nosotros, se ha hecho nuestro Camino: al hacerse hombre, nos ha hecho hijos de Dios; tenemos, pues, que vivir como hijos de Dios. Lo nuestro ha de ser contemplar al Hijo para aprender a vivir como él vivió: entregado al Padre y entregado a los hombres, a quienes hemos de mirar y tratar como hijos de Dios: respetándolos, amándolos, sirviéndolos…Juan Pablo II dijo: “Dios se ha compadecido del hombre por medio de Cristo… Por eso al hombre no se le puede destruir. Por eso no se le puede humillar. No podemos pasar de largo delante del Hombre.” La Navidad nos llama a reconocer a Dios en todo hombre, especialmente en los más débiles. Adoremos, pues, a Dios en el Niño que nos nace; pero también acojámoslo y sirvámoslo en esas otras imágenes vivientes que son nuestros hermanos… Gracias, María, la Virgen de Belén, por habernos dado a este Dios-Niño, a este Dios-Ternura. Enséñanos a amarlo como tú lo amabas. Que, como tú, guardemos “estas cosas”, este misterio de amor que nos desborda, meditándolo en el corazón.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.