Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio narra el Nacimiento del Bautista. Los parientes y vecinos felicitan a Isabel y se alegran porque “Dios le había hecho una gran misericordia.” El nacimiento del niño levantó expectación, pues la gente conoce las circunstancias de su concepción: los padres eran muy ancianos, e Isabel, además, estéril. Y se preguntaba: « ¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». Nosotros sabemos que él fue el mensajero que Malaquías anunció: «Mirad, yo envío mi mensajero, para que prepare el camino ante mí». (1ª lectura). Esa fue la misión de Juan Bautista: preparar los caminos del Señor, como nos recuerda la liturgia en este tiempo de Aviento y hemos meditado en días anteriores.
2. También sobre cada uno de nosotros Dios tiene un proyecto, que nos va revelando a través de los días. ¿Nos ha interesado descubrirlo?; ¿cuál es ese proyecto?; ¿pedimos a Dios que nos manifieste lo que quiere de nosotros?... Juan llevó a cabo fielmente la misión de anunciar la llegada del Mesías y preparar sus caminos, que Dios le encargó. ¿Lo somos nosotros? Como con Juan, “la mano del Señor ha estado siempre con nosotros”. Dios camina junto a cada uno de nosotros en todo momento, para que podamos cumplir nuestra misión... Hoy démosle gracias, porque nunca nos ha fallado. Agradezcámosle el regalo de la vida, los padres cristianos que nos dio, que nos han transmitido la fe y nos han enseñado a amar a Jesús y a María, su Madre y Madre nuestra. Sobre todo, démosle gracias por la oportunidad que nos da cada día de comenzar de nuevo, como san Francisco de Asís aconseja a sus frailes cuando los animaba: “comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado”.
3. Este nacimiento del Precursor nos anuncia la proximidad de la Navidad. Hoy, vísperas casi de la Navidad, al salmo que se reza en la misa la Asamblea responde: “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Y en la antífona de la comunión se nos advierte: «Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). El Señor llega con su misericordia salvadora. ¿Cómo estamos preparándonos para recibirle? La liturgia, al recordarnos en Adviento las historias de esterilidad y fecundidad, como la de Zacarías e Isabel, intenta avivar nuestra esperanza en el Señor. El es fuerte. Lo que para nosotros es imposible, para él es posible. Y Dios sigue siendo la Fuente de la Vida, capaz de hacer fecundas nuestras vidas cristianas estériles, él puede cambiarlas y hacerlas nuevas. Viene para eso. ¡Dejémosle entrar!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.