Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias.” Jesús busca a la gente, no espera simplemente que vengan a él. Jesús predica y sana. Les proclama la Buena Nueva del reino, y, a la vez, cura a los enfermos que le presentan, como signo de la salvación plena que a todos ofrece el reino que anuncia. Y, como en otras ocasiones, ante aquellas gentes el corazón de Cristo se conmueve, porque las ve hambrientas de una palabra de comprensión, de ánimo, de orientación: “al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.” ¡Cuántos hay que andan hoy desorientados y desesperanzados, buscando caminos de felicidad, de plenitud, de paz! Es gente hambrienta, en el fondo, de la Buena Nueva de la salvación. Han andado muchos caminos, pero todos han desembocado en el sinsentido, en el hastío. De estas gentes siente hoy compasión el Señor y quiere que la sintamos nosotros. De ellas te preocupas, Señor, y quieres que nos preocupemos los que nos hemos encontrado contigo y sentimos el gozo de creer y esperar en ti y seguirte.
2. Mirando a las multitudes de hoy, Jesús nos invita –lo mismo que a los discípulos de ayer- a implicarnos en su misión, pues la tarea es inmensa: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. “Rogad…” La oración es la primera forma de compromiso de los discípulos con la misión de Cristo. Algo que a veces olvidamos. Hoy tomemos conciencia de la necesidad de orar al dueño de la mies por las vocaciones al apostolado. Pidamos al Señor que envíe obreros a su mies: sacerdotes y religiosos, que dediquen su vida, a tiempo completo, al servicio del Reino, pero también, laicos-apóstoles, que vivan gozosamente su fe y la contagien en sus ambientes y se entreguen a la construcción del Reino. Señor, suscita personas que -en uno u otro estado de vida- sintamos la necesidad de dar una palabra de esperanza a las gentes de hoy, tan hambrientas de vida con sentido, de encontrarse contigo, el único Señor y Salvador, que es, en el fondo, al que necesitan, al que andan buscando buscan y al que esperan aunque no lo sepan.
3. Después, dijo los discípulos: “Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis." No basta con orar. Hace falta que escuchemos hoy este mandato de ir a las gentes descarriadas de nuestra sociedad para llevarles gratis lo que gratis se nos ha dado: el mensaje del Reino de Dios, el gozo de la amistad con el Señor, la esperanza y la ilusión de vivir que hemos encontrado en él. Hoy te pido, Señor, que los cristianos sintamos la urgencia de darte a conocer a los demás como el Salvador, como el único que puedes llenar sus vidas de sentido. Señor, llena nuestros corazones de la esperanza del Adviento para que podamos llevarla a los demás. Isaías nos dice hoy: “Aunque el Señor te dé el pan medido y el agua tasada, ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: “Este es el camino, caminad por él.” Señor Jesús, que, cuando nos desviemos, escuchemos tu voz: “Este es el camino, caminad por él.” Y que no nos hagamos sordos a tus llamadas.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.