Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Ultimo día del año litúrgico y final del Discurso escatológico de Jesús. El Señor vuelve a avisarnos: "Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día....." Tener cuidado, porque el que sólo piensa en gozar de los placeres de este mundo, vive olvidado de “aquel día”. Nosotros somos cristianos, intentamos seguir los pasos del Señor, pero ¡es tan fácil que el corazón se ofusque con los afanes de este mundo y ni advirtamos que él llega!... De hecho, ¿de cuántas “venidas” del Señor a nuestra vida ni nos hemos enterado, amodorrados en la rutina? ¡Cómo me duelen hoy, Señor, las oportunidades perdidas, ésas en que has llegado -durante este año- con las manos cargadas de gracia para mí, y ni me he dado cuenta! O peor, me he hecho el sordo y no te he abierto la puerta. Si continúo así, en tu última venida para pedirnos cuentas, ¿tendré las cuentas claras? Ese día será a la vez día de liberación y día condenación. Pero para mí, ¿qué será?
2. “Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre," nos dice el Señor. Estar despiertos. El que tiene presente que el Señor viene –y viene inesperadamente- no puede adormecerse, sino que está en vigilante espera para abrirle la puerta al Señor, apenas llame. Y a la vigilancia hay que unir la oración. Orar para alimentar la lámpara de la fe, para que no se apague. Para mantenerla encendida la lámpara y poder ver con los ojos de Dios los acontecimientos, el mundo, a las personas, a nosotros mismos… Para descubrir el rostro del Señor en aquellos que se nos acercan: el enfermo, el transeúnte, el emigrante, el anciano que nos aburre y pensamos que nos roba un tiempo “precioso”, que necesitamos para otras cosas “más productivas”. (¡Qué manera tan estúpida de pensar tenemos, a veces, Señor, y de medir la productividad!). Ilumíname, Señor, para discernir lo importante de lo fútil y vano, el “camino de la vida” del “camino de la muerte”.
3. Señor, mañana comienza Adviento. Un año más para decirte que sí. Para abrirte la puerta. Gracias, Señor, por concedérmelo. Alguien advertía: “teme a Jesús que pasa y no vuelve a pasar”. Por eso hoy te pido, Señor, que, en el año que va a empezar, vuelvas a pasar por mi vida con toda la potencia de tu gracia y amor, y que ahora sí te abra la puerta. María, Madre buena, la que siempre dijiste que sí a Dios, ruega por nosotros, ruega por mí, para que éste sea en verdad para todos “el año de gracia del Señor”.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.