Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1 - Ayer veíamos cómo Jesús atendía el grito del ciego Bartimeo: se detiene, manda que traigan al que grita y le devuelve la vista. Hoy vemos que acoge a un rico, a Zaqueo. Zaqueo no le ha pedido nada, pero ha mostrado un vivo interés por verlo. Para lograrlo, ha corrido hacia adelante y, como era de pequeña estatura, se ha subido a un árbol. Zaqueo era jefe de publicanos, de cobradores de impuestos, al servicio de Roma. Era rico, pero se sentía despreciado por los judíos, que lo tenían como pecador, ladrón y traidor a su pueblo y, y por ello, lo excluían de su trato. Jesús, sin embargo, ni lo desprecia ni rehúsa su trato. Al pasar, se fija en él, lo mira con cariño, lo llama por su nombre y se auto-invita: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Los demás lo desprecian y marginan; Jesús le habla con afecto compresivo y quiere comer con él. Señor, es el comportamiento que me enseñas a tener con el hermano que peca y es marginado por la sociedad. ¡Cuántos hay en la nuestra! ¿Cómo me comporto con ellos?; ¿soy comprensivo como tú, o, llevado de mi orgullo de “bueno”, los desprecio y excluyo de mi trato?
2 - Al ver este comportamiento de Jesús con Zaqueo, los “buenos”, los “cumplidores de la ley”, que no se sentaban a la mesa con pecadores públicos, se escandalizan y critican: -«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.” Pero Zaqueo, al sentirse aceptado y acogido por Jesús, cambia. De quien le ama aprende a amar, y con un amor efectivo, que empuja a la acción: “Zaqueo se puso en pie y dijo: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» La transformación interior le proyecta hacia los pobres, a compartir con ellos su riqueza. ¡Es el milagro del amor! En el plano humano, nunca el amor deja igual al que se siente amado. Y, en el plano divino, tu Amor misericordioso, Señor, no sólo no nos deja igual, sino que nos cambia radicalmente, nos re-crea, nos hace nuevos y nos lanza a comportamientos amorosos y comprensivos como el tuyo. Porque ¿quién no se siente llamado a amar, cuando se siente comprendido, amado y perdonado por ti? Señor, que tu amor me cambie y me abra al hermano.
3 - Éste no es sólo el relato de algo que pasó hace muchos años. Hoy –y siempre - el Señor pasa por nuestra vida con la misma misericordia y amor con que pasó por la de Zaqueo. Y nos mira como le miró a él. Y nos llama por nuestro nombre y nos dice que quiere alojarse “en nuestra casa”. Así eres tú, Señor. Tú tomas la iniciativa y nos amas antes de que nosotros te amemos. Por eso, nos buscas aunque nosotros no te busquemos. «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido», dijiste. También yo, Señor, estoy entre “lo que estaba perdido”, entre los encenagados en el pecado. Ven a mi casa y hazme experimentar tu amor, que sólo tu amor puede transformarme y hacerme más comprensivo con los demás. ¡Qué gozo sería el de Zaqueo, cuando te oyó decir: «Hoy ha sido la salvación de esta casa»! Ojalá, Señor, lo puedas decir sobre mí. Que hoy, Señor, sea para mí el “hoy” de la salvación.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.