Domingo 32 del Tiempo Ordinario (C )

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 32 del Tiempo Ordinario (C )
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: - «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, habla siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: - «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.» (Lucas 20, 27-38).

1.      Hoy el Señor nos habla del más allá. La ocasión es la cuestión que le presentan los saduceos, que negaban la resurrección. Apoyándose en la llamada “ley del levirato”,         -según la cual,  si muere el esposo sin tener hijos, el hermano tenía que casarse con la viuda para darle descendencia- le hablan del caso de siete hermanos que se han casando sucesivamente con la misma mujer. Y le preguntan: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?” Jesús responde a esta pregunta capciosa reafirmando el hecho de la resurrección, y, a la vez, les corrige la idea materialista y caricaturesca que de ella tenían los saduceos. Les viene a decir que no entienden nada, pues la otra vida es de verdad otra vida. La vida eterna que Dios nos tiene preparada en el cielo será muy diferente de la de este mundo. En ella todas las esperanzas que el hombre tiene sobre la tierra se cumplirán, pero en un plano distinto: “los que sean juzgados dignos de la vida futura... no se casarán... Son como ángeles; son hijos de Dios.” Más allá de la muerte viviremos, en el Dios que es Amor, una vida nueva  gozando del infinito amor del Padre.

2.      Vivir siempre y vivir en plenitud. A eso estamos llamados. A vivir y a amar mucho más de lo que ahora sabemos y podemos. La infinita sed de amor, de paz, de justicia, de vida, de libertad, de felicidad y de todo lo bueno, con que caminamos por la vida, un día será saciada en plenitud por Dios, porque viviremos en comunión con él, que es la Vida, el Amor, la Libertad, la Alegría y la Felicidad. "Son como ángeles... Son hijos de Dios”, dice Jesús. Esta es la vida a la que nos llamas y nos prometes, Señor. Una vida de hijos, viviendo la misma vida de Dios, en convivencia amorosa con el Padre y con los hermanos. Esta es la esperanza que ha mantenido a tantos creyentes y que nos mantiene a nosotros firmes en la fe y en tu seguimiento, Señor, a pesar de las dificultades. Señor, aunque no lo entendamos, haz que vivamos cada día esa Vida que no se acaba.

3.      ¡Ojalá esta Palabra avive en nosotros la fe y la confianza en la vida que nos prepara para el Señor después de la muerte! A los saduceos Jesús les da el motivo de que hay vida después de la muerte: «Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»  Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven. Si Dios es «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» y es un Dios de vivos, no de muertos, quiere decir que Abraham, Isaac y Jacob viven, aunque están muertos desde hace siglos. Cuánto consuela, Señor Jesús, escuchar esto. Sí, tu Abbá no es Dios de muertos, sino de vivos. Es el Dios de los que vivimos aquí y  de los que viven en el cielo. Es mi Dios y el de mis hermanos y el de mis amigos y el de mis vecinos y el de los seres queridos que ya se han ido de este mundo. El Dios que nos espera para hacernos participar eternamente de su fiesta del cielo. Gracias, Jesús, por revelarnos esto. 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

07/11/2010


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