Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. A la parábola de hoy se la suele llamar “parábola del hijo pródigo”, pero debiéramos llamarla con más propiedad “parábola del Padre bueno”. Porque el verdadero protagonista es el Padre, no el hijo que se marcha de casa. Ya la meditamos al comienzo de la cuaresma. Pero ¿cómo no volver con gozo sobre ella los que andamos por la vida tropezando y cayendo, a pesar de nuestros buenos propósitos? Jesús la propuso porque “solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - Ése acoge a los pecadores y come con ellos”. Ahí están: Los publicanos y los pecadores, -es decir, la “mala gente”- se acercan a Jesús, y Jesús los acoge; y los escribas y fariseos –esto es, los buenos, los estrictos cumplidores de la ley- le critican. Con esta parábola, Jesús pretende mostrar el auténtico rostro del Dios Bondad-Amor-y-Misericordia que él predica. Es como decirles: ¿Cómo no voy acoger a los que vosotros despreciáis por ser malos, si el Padre los está esperando para la fiesta?... ¡Éste es nuestro Dios! Al escucharlo, ¿cómo no estallar de gozosa esperanza los pecadores que buscamos convertirnos a Dios en la cuaresma?
2. El padre de la parábola no sólo espera. Cuando ve venir al hijo que se marchó, corre a su encuentro y lo abraza y besa cariñosamente. Y no le echa en cara su desamor, sino que ordena: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado». De nuevo, ¡éste es nuestro Dios!: el Padre que nos sale al encuentro, y nos acoge sin recordarnos nuestra ingratitud y pecado, y nos devuelve el anillo de hijo y nos viste el mejor traje de la gracia y ordedna que se haga fiesta. ¡Cuánta bonda la del Padre! J. A. Pagola nos anima: “Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida. Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios nos está buscando”. ¿Cómo no apresurarme a ir a tu encuentro, Padre, por muchos y graves que sean mis pecados?
3. Los que creemos en este Dios bondadoso ¿nos comportamos así con los demás? Ocasiones tenemos en nuestras relaciones: de padres-hijos, esposo-esposa, sociales y laborales, de la vida comunitaria... Al que nos ha ofendido, al que “peca” y se arrepiente ¿lo acogemos con el gozo y la alegría del Padre, o lo rechazamos por pecador, como los fariseos, como el hijo mayor de la parábola que “nunca ha desobedecido una orden del padre”, pero no ama y no perdona y se niega a entrar en la fiesta? ¿Acogemos sin más al caído, o somos de los de “te perdono pero no olvido”, de modo que andamos echando en cara al otro sus fallos continuamente? ¡Qué suerte, Padre, tú sí que olvidas!... Recuerdo de nuevo a J. A. Pagola: “Una cosa es clara. Sólo entrará en la fiesta final quien comprenda que Dios es Padre de todos y quien sepa acoger, comprender y perdonar a sus hermanos”. Señor, por la senda que andamos ¿entraremos nosotros? Cambia nuestro corazón, Señor, cámbialo.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.