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  El Vía Crucis, O Crux ave, spes única   (Mateo García Martínez)

De mi amplia biblioteca, he estado repasando infinidad de cosas relativas al Vía Crucis y así he leído detenidamente un Manual de Meditaciones del año 1.882, El Tesoro Religioso de 1.857, De la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis de 1.873, el Ancora de Salvación del Jesuita P. José Macheditado en 1.875; el Iris Cristiano de 1.888; el Vía Crucis del Manual del Colegial de 1.889 de Hermenegildo Cases; un Manual de las Hijas de María de 1.932 hasta desembocar en Camino Recto y Seguro Para Llegar al Cielo, del Beato P Antonio María de Claret editado en 1.936, aparte otros libros sobre la materia.

Viene esto a cuento de que el Presidente del Cabildo de Cofradías, me pide una colaboración una más para la Revista de Semana Santa 1.998. No puedo negarme por razones de amistad, y aparte ¡Qué Puñema! porque me gusta colaborar.

Quiere que rememore el Vía Crucis de la Santa, magnífica obra de Anastasio Martínez Valcárcel, en la que estuvo trabajando desde 1.965 a 1.967 y que con el tiempo, el gamberrismo, y la incuria, ha ido deteriorándose.

Recuerdo cuando en aquel monte El Balcón de la Santa, cobijo de pinos, flores, atochas y alimañas, se propuso por don Juan José Noguera, santo sacerdote, el alzar un monumento al Sagrado Corazón de Jesús y a través de los años, infinidad de gestiones, ayudas de todo tipo: Colectas, rifas, donativos en dinero o en especie, mano de obra, lo obtenido en sendas confrontaciones deportivas, etc., etc., fue llevándose a cabo esta magna obra que culminó en septiembre de mil novecientos cincuenta y ocho.

Evocamos también las proféticas palabras del doctor Don Ramón de Sanahuja y Marcé, Obispo de la Diócesis, que al visitarlo dijo, enfática y proféticamente: Los monumentos se erigen para que se les olvide.

Y fue cierto, salvo en aquellos primeros tiempos, en que los Primeros Viernes de mes se solía subir en peregrinación, hacer el recorrido desde donde hoy se halla el Angel, hasta la capilla sobre la que está erigido el Monumento.

No es el Corazón de Jesús que hay sobre la Bahía de Guanabara, en la cima del Corcovado brasileño; ni tampoco el que se yergue en Lisboa sobre el estuario del Tajo, pero sí un decoroso Corazón de Jesús que fue provisto al poco de iluminación, para que en las noches se le viera desde muchos kilómetros ala redonda.

Estas ideas, subidas y bajadas generaron la idea de establecer un Vía Crucis en el trayecto formado por figuras de tamaño natural, el cual fue encargado a Anastasio Martínez Valcárcel, eminente escultor de Alcantarilla, que siguiendo los pasos de su padre Nicolás Martínez Ramón, que había sido el artífice material del Corazón de Jesús unos ocho años antes, pusiera manos a la obra consiguiendo un Vía Crucis monumental en el que destaca la impronta del autor en líneas de sabor modernista en una concreción de sobriedad absoluta y acierto pleno.

Quien no se emocione al ver la Caridad en un recodo, en una penumbra impresionante, o a María con las santas mujeres bajo una sombra de pinos o, hiriendo el aire el escorzo del Crucificado sin cruz, sumamente patético, es porque no tiene alma o si la tiene se la ha esculpido Anastasio, también en piedra.

Hablar del Vía Crucis, de algunos peregrinajes en noches obscuras, con viento gálido; rescatar, porque al parecer habíamos olvidado, cruzando la frontera de lo insólito, este masivo monumento... caminar hacia la cima, que mas que peregrinación puede ser aventura... perderse casi con sigilo del estruendo de la población para anochecer allí, es una gozada.

Quien no lo ha experimentado, no puede saberlo.

Aspirar la brisa de los montes que por si solo nos pueden saber a oración, son impresiones que remueven los tendederos de la melancolía, es, venirnos a la boca la brisa montaraz y una sorprendente evocación como de una extraña nostalgia.

Vuelve a nuestro, a mi sentir, escribiendo estas líneas (Han pasado casi cuarenta años) como un desgarrador panorama pasionario que me deja extasiado ente la imagen divina en la soledad de las alturas.

Hay en este volver evocativo como un desgarramiento violento, patético, doloroso.

¿Porqué no establecer de nuevo vinculaciones con el Vía Crucis de una forma real? ¿Porqué no hacer verdad, lo que parece una fantasía algo irreal desvaneciendo lo imaginativo? ¿Qué ocurre con las nuevas generaciones? ¿Hay esplendor o decrepitud en los cristianos jóvenes?.

Desde la población miramos el cielo y vemos en lo alto la luminosidad de las estrellas solamente; subid de noche al Balcón, nos deparará la gran sorpresa: Sobre vosotros tendréis la noche estrellada y a lo lejos, a vuestros pies, podréis disfrutar a Totana como un halo indescriptible de luz, como si del firmamento se hubiera desprendido la rutilante gloria de un racimo de estrellas y en los campos luciendo brillantes en los caseríos, como separadas del impacto del núcleo central, la población, miradas de luciérnagas embelleciendo la noche.

Mateo García Martínez.

1/9/2001


 
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