Sábado de la 3ª semana de Cuaresma

Paso la palabra. Para meditar cada día
Sábado de la 3ª semana de Cuaresma
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." ( Lucas 18, 9-14)

1. El evangelio de hoy nos presenta a dos personas que oran. Pero ¡de qué diferente manera! El fariseo está satisfecho de sí mismo. Es de los que se creen “seguros de sí mismos y desprecian a los demás.” Comienza dando gracias a Dios: “¡oh Dios!, te doy gracias”, pero pronto Dios pasa a segundo término, y el primero lo ocupa su yo: “yo no soy como los demás... Yo ayuno dos veces por semana, yo pago el diezmo de todo lo que tengo." Es decir, él cumple lo mandado y algo más: lo mandado era ayudar una vez al año, el día de la Expiación, pero él ayuna dos días a la semana. Y lo mismo hace con los diezmos: había que pagar los diezmos del trigo, del mosto y del aceite, pero él paga el diezmo de todo. Un judío perfecto. Él no ora porque necesite a Dios. Al contrario, parece que es Dios el que le deba algo a él. Y como nada necesita de Dios, nada recibe. Por eso volvió a su casa no-justificado, no perdonado. Señor, líbrame del engreimiento espiritual del fariseo. Yo sí necesito de ti, Señor: necesito tu perdón, tu misericordia, que me salves. Porque, si tú no me salvas, ¿cómo me salvaré?

2. El fariseo se cree perfecto, y desde el pedestal de su perfección, se permite juzgar y despreciar a los demás , que son “ladrones, injustos, adúlteros”. Y desde luego a “ese publicano.” Y es que sólo el que se mira a sí mismo con ojos sinceros y se descubre pecador y necesitado de misericordia es capaz de ser compresivo y misericordioso con los otros. Y el fariseo sólo ve virtudes en él, y en los demás, pecados. Señor, siendo como soy pecador y con muchos defectos, qué fácilmente me atrevo a juzgar y despreciar a los demás. Actuando así ¡cuánto orgullo e hipocresía descubro en mi corazón! Señor, Dios de misericordia, cambia mi corazón, dame un corazón comprensivo con el pecado de los demás, como lo es tu corazón para con los míos.

3. El publicano, sin embargo, ¡de qué manera tan distinta hora! Él no está lleno de sí mismo. se queda atrás, porque no merece estar entre las personas piadosas. Y ora con humildad, sin atreverse siquiera a levantar los ojos al cielo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador A Dios sólo puede presentarle su corazón arrepentido y esperar que Dios lo acepte y lo perdone. Comenta Pronzato: “Sólo cuando estamos sinceramente convencidos de no tener nada presentable entonces podemos presentarnos ante Dios.” El fariseo parece que necesita a Dios para que le admire y tome nota de sus buenas obras. El publicano, sin embargo tiene necesidad de Dios para volver a empezar una vida nueva. Y pudo empezarla. Jesús dice de él: “éste bajó a su casa justificado.” Señor, ¡qué semejante al publicano me descubro en sus pecados! Pero ¡qué lejos de su actitud sincera y humilde! Señor, enséñame a orar con su humildad y confianza: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.”

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

01/03/2008


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